Cyrano, héroe romántico de la libertad

Cyrano, héroe romántico de la libertad
Miembros de una compañía de teatro se preparan para la presentación de Cyrano de Bergerac.
Foto: Matt Cardy / Getty Images

Pocos personajes teatrales son tan queridos como Cyrano de Bergerac, convertido en un mito literario. Esta tragicomedia de Edmond Rostand, que ha tenido –desde su estreno en 1897– un éxito abrumador, se inspira en la vida del escritor, espadachín y pensador francés Cyrano, dotado de una nariz respetable y muerto en 1655 al caerle una viga en la cabeza. Rostand exagerará en su obra el tamaño de la nariz de Cyrano e inventará el amor no correspondido de este hacia su prima Roxana. 

Desde los primeros compases del siglo XIX, el Romanticismo había entronizado la pasión, el riesgo y la libertad. Frente a las pequeñas virtudes del burgués (el ahorro, la prudencia, el cálculo utilitario, etc.), el romántico enarbola la bandera de la belleza inútil y del arrojo por un ideal. Théophile Gautier escribe en 1835: “No es verdaderamente bello sino aquello que no puede servir para nada; todo lo que es útil es feo”. El romántico rompe las convenciones y exalta al aventurero heterodoxo. En la “Canción del pirata” (1830) de Espronceda, el héroe proclama: “Que es mi barco mi tesoro, / que es mi dios la libertad, / mi ley, la fuerza y el viento, / mi única patria, la mar”.

Ahora bien, el descastado, el que no se aviene a moldes sociales, se expone al rechazo, la pobreza y la soledad. Por eso Stendhal afirma en 1823: “Se necesita valor para ser romántico… un escritor necesita tanto valor como un soldado”. Y por eso, aunque llegue con medio siglo de retraso, el personaje literario de Cyrano encarna el héroe romántico. Porque es valiente. Porque ama la libertad: “Ser libre me engalana, ser franco me ennoblece”. Porque, despreciando todo cálculo, arroja su bolsa de dinero en un teatro. Porque admira el heroísmo inútil del Quijote: “Me quito el sombrero ante ese gran chiflado”. Porque desprecia “la pequeñez” y busca “ser genial en todo”.

Cyrano proclama: “¿Y qué tengo que hacer? […] ¿Ser esclavo, como tantos lo son, / de algún hombre importante? […] ¿Sobrevivir a expensas de mi espina dorsal? […] ¿Ser miedoso? ¿Calculador? ¿Cobarde? […] No, gracias. / Cantar, soñar en cambio. Estar solo, ser libre. / Que mis ojos destellen y mi garganta vibre. […] Trabajar sin afán de gloria o de fortuna. / Imaginar que marcho a conquistar la Luna”. Frente a un mundo hipócrita, que adula y miente para acumular cargos y dinero, Cyrano reivindica la independencia de espíritu: la libertad interior.

El héroe romántico es un héroe trágico. También lo es Cyrano. Traumatizado por su nariz, es incapaz de declarar su amor a la bella Roxana, que está enamorada de sus versos, sin saber que son de él. Solo cuando ha sido golpeado por un leño furtivo y está a punto de morir, revela a Roxana su amor, sin pretenderlo: “Digo, amor mío, que no os amé jamás”. Morirá heroico: sin disfrutar del amor, pero persiguiendo hasta el fin su ideal. Y es que “vencer no importa. Lo que importa es luchar”.

Enrique Sánchez Costa es Doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF, Barcelona). Profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Piura (UDEP, Lima). Autor de un libro (traducido al inglés) y de una docena de artículos académicos de literatura comparada y crítica literaria.