Murales, ofrendas y el truco que usan los fanáticos que quieren visitar la tumba de Maradona

En las afueras del cementerio del Jardín Bella Vista, Diego sigue siendo D10s

Murales, ofrendas y el truco que usan los fanáticos que quieren visitar la tumba de Maradona
Los aficionados continúan manifestándo su admiración a Diego Armando Maradona.
Foto: Rodrigo Valle / Getty Images

A 150 metros de la entrada principal al Jardín Bella Vista, el cementerio privado donde está enterrado Diego Armando Maradona, se venden camisetas. En un espacio improvisado, sobre una esquina, decenas de casacas de colores varios danzan al ritmo de la brisa. La gran mayoría, de LeBron James y de la NBA.

La falta de dimensión de lo que ocurrió hace apenas una semana en esta zona (en el partido de San Miguel, al noroeste del Gran Buenos Aires) sorprende. Y queda expuesta con esa postal increíble. De cuento. Pero en realidad forma parte de la cotidianeidad de ese vecindario. Que se vio alterada el jueves 26 de noviembre, cuando todos se arrimaron a las veredas para ver pasar el cortejo fúnebre del gran ídolo. Pero que sigue adelante con sus hábitos. Si hasta entonces allí se vendían casacas del crack de Los Ángeles Lakers, hasta ahora nadie pensó que eso tendría que modificarse. Es más que evidente que todavía no consideraron inundar ese lugar de productos maradonianos.

Algo similar ocurre en el local que está enfrente de la entrada al cementerio. Ofrecen remeras estampadas, pantalones y el producto que este año se instaló en la moda a fuerza de pandemia: barbijos. Pero tampoco aquí hay propuestas vinculadas a Diego.

Justo al lado sí, finalmente, aparece una gran bandera de Boca. Tiene unos ocho metros de largo y está firmada por la familia Maidana. Sobre la tela hay un gran crespón de luto, un cuadro de un joven Maradona con la camiseta de Argentinos Juniors y un buzo verde, sobre el cual se lee: “Únicamente se muere lo que se olvida. Gracias Diego“. Los pocos transeúntes que pasan por esa vereda lo miran y lo señalan. Lo veneran.

Poco antes del mediodía, a apenas 80 metros de la puerta de ingreso, un hombre despliega todos los elementos que precisa para llevar a cabo su obra. Se presenta con su nombre artístico, con el que se lo puede encontrar en Instagram: @OneHumano. Una ochava amarilla se convierte en un puñado de horas en el lienzo sobre el cual inmortalizará una de las tantas imágenes que se viralizaron desde la muerte del ídolo. La elegida es la que realizó el artista Sebastián Domenech, en la cual Diego, de espalda y con la camiseta 10 argentina, llega al cielo y es recibido por sus padres, Doña Tota y Don Diego. “El Diego es la bandera de una Argentina en la cual todos estamos unidos. Donde no importan los colores. O, mejor dicho, todos los colores juntos valen. Eso representa Maradona para mí. Ese país que quiero ver. Con todos juntos. Sin grietas. Y sin tanto odio”, reflexiona.

Sobre la calle Mayor Irusta, que ahora, sin vallas, parece mucho más angosta e incluso no queda claro dónde termina la vía y dónde comienza la vereda, solo hay un puñado de móviles policiales. Son cuatro en total, sumando dos de color negro. Y justo en la puerta del cementerio hay una camioneta grande del cuerpo de Infantería. Al menos mientras dure la causa judicial deben cumplir una custodia de 24 horas. Afuera. Y también adentro.

El escenario es muy distinto al que se desarrolló hace siete días, con autos, camionetas, motos y helicópteros policiales para custodiar el auto con los restos del campeón del mundo. Y la tarea de los agentes, aburrida. Monótona. Durante gran parte de la jornada están a la sombra de los altos árboles que le dan privacidad al predio.

La picardía criolla no podía estar ausente. Y la comparte con LA NACION, con una sonrisa, uno de los responsables del ingreso, que pide reserva con su nombre: “Desde el viernes pasado casi todos los que vienen dicen ser familiares de Maradona. Era obvio que iba a pasar eso”. Aunque enseguida aclara: “Pero a nosotros nos avisan antes si va a venir algún familiar de él, nos pasan sus datos por teléfono y cuando esas personas vienen aquí, se le pide el documento y se coteja esa información. Y recién entonces entra.”

A pesar de tener dentro de su perímetro los restos de uno de los hombres más populares del mundo, el parque está trabajando igual que antes y con las mismas las medidas de protocolo. Con turnos que se piden con un día de anticipación. Y con un límite de cinco personas por parcela. Como es un espacio privado, sin turno no entra nadie.

La posibilidad de que fanáticos de cualquier rincón del planeta puedan ingresar a saludarlo y llevarle flores aún no está contemplada. Podría ocurrir en un futuro, cumpliendo esos mismos protocolos. Y aunque la decisión final es de la familia, también es tangible que Diego es un ser querido más para millones de personas en el mundo. Mientras tanto, las ofrendas son escasas. Apenas cuatro ramos de flores bajo el cartel “Jardín Bella Vista” y un pequeño trozo de papel que también sirve de envoltorio y dice: “Gracias Diego”.

“Yo creo que todavía no tomamos dimensión de lo que pasó”, comparte uno de agentes a cargo de la custodia. Y agrega: “Yo soy hincha de Gimnasia, y por mi trabajo me tocó varias veces la custodia suya en moto, cuando salía de Brandsen para el Bosque. Tengo encuadrada una camiseta del Lobo que es de mi nena, con la firma de Diego. A lo mejor para él fue una firma más, pero para la gente común ese pequeño gesto te cambia para siempre”. El hombre se emociona. Las lágrimas presionan para salir de sus ojos enrojecidos. Pero hace una pausa, reprime los sentimientos y hace unas preguntas que se multiplicaron en estos días y que no tienen respuesta: “¿Cómo se va a morir este tipo? ¿Cómo la persona más amada del mundo se va a morir sola?

El ruido cotidiano de la esquina de Lincoln (la continuación de Mayor Irusta) con la avenida Roca (principal salida a la autopista Camino del Buen Ayre) es el de un día más. En la esquina sigue sonriendo un Diego joven, que en un dibujo alza la copa del mundo y en otro su puño izquierdo para ganarle, como siempre, a Shilton en lo alto. Ese lugar es un complejo con dos canchitas de fútbol 5. Se llama “La Mano de Dios”.

*Artículo publicado originalmente en La Nación, por Pablo Lisotto.