Ballenas Jorobadas: La naturaleza nos conecta

Nos recuerdan nuestras propias migraciones y las vicisitudes de nuestros antepasados 

Avistamiento de ballenas jorobadas.
Avistamiento de ballenas jorobadas.
Foto: Shutterstock

Los seres humanos necesitamos conexión. El distanciamiento social durante la pandemia ha sido una gran prueba. Extrañamos, desde nuestro circulo social más íntimo hasta al externo, parte importante de nuestra humanidad. Las conexiones que nos permiten salud emocional. Ante la ausencia de conexiones, hemos recurrido a la tecnología, pero tal vez la respuesta a recuperar nuestras conexiones esté más cerca de lo que imaginamos. En la naturaleza que hemos descuidado y en especies que como las ballenas jorobadas recorren grandes distancias para visitarnos. 

Al iniciar la temporada de apareamiento y anidamiento de las ballenas jorobadas, tuve el privilegio de visitar junto a mi familia el Banco de la Plata y el Santuario de la Navidad; con la bióloga canadiense Kim Bedell, quien en “Whale Samaná” se dedica a estudiar y observar responsablemente la mayor población de ballenas del Atlántico que visita la República Dominicana.  

Esta población de ballenas jorobadas del norte del Atlántico tras recorrer la costa Este de los Estados Unidos hasta Noruega, en el invierno hace de las aguas dominicanas su nido de amor, donde nacen sus crías. 

“Siete al revés” identificada y bautizada por el distintivo número siete invertido en su cola, aunque en un día de mar tranquilo, bajo tremendo aguacero nos deleitó con saltos y chapuzones. Cada invierno, desde 2015, aventura las aguas samanenses buscando pretendientes y en 2018, tuvo ahí ballenato. 

Saber que más del 85% de las ballenas jorobadas del Atlántico norte son dominicanas y que cada invierno son fieles al Banco de la Plata y Santuario de la Navidad, tras migrar por tantos destinos lejanos, me llena de esperanza. Pensando, que tal vez la única manera de recuperar nuestras conexiones es recuperar la naturaleza que tanto hemos descuidado. 

Recientemente, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha valorado cada ballena jorobada en 2 millones y toda la población en un millón de millones de dólares.  Este estimado se basa en la contribución de la especie a la captura de carbono (33 toneladas de co2 por ballena), a la industria pesquera y al sector de turismo de avistamiento valorado en más de dos mil millones de dólares.  

Sesenta años atrás, la caza de ballenas jorobadas las llevo casi a la extinción. Tras la moratoria impuesta en 1986 por Comisión Ballenera Internacional (CBI) sus poblaciones (excepto del Mar Arábigo y Oceanía) hoy se consideran especies bajo preocupación menor en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Sin embargo, esta especie aún enfrenta riesgos y sus largos trayectos la hacen vulnerable, como a todos los migrantes. 

El aumento de desechos y vertederos en las costas aumenta el número aves que buscan sustento lesionando con picaduras las jorobas. Estos cetáceos, que pueden tener un tamaño incluso mayor al de un autobús escolar, muchas veces quedan atrapados en redes y equipos de pesca industrial o resultar heridos por embarcaciones y las hélices de sus motores.  

A pesar de no poder comercializarse, ni tampoco sus derivados, conforme a la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), en algunos lugares el aceite y la carne de ballena siguen siendo codiciados, hay delitos ambientales y la moratoria de la caza comercial es cuestionada por algunos países que amenazan su permanencia. Presionan fuerte por el aumento de cuotas de caza bajo pretextos de subsistencia e investigación científica.    

De ahí la importancia de las áreas protegidas y santuarios marinos como los nuestros. 

Hasta ahora “Siete Al revés” nos ha visitado consecutivamente por al menos siete temporadas. En una época se hablaba de volver al verde. Es momento de volver a la naturaleza y punto. Las ballenas jorobadas son muestra de la integralidad que existe en nuestro planeta, de que todos estamos conectados con o sin pandemia. Un ciudadano noruego quizás unas cuantas semanas antes, estuvo tan cerca de “Siete Al revés” como yo. Lo mismo ocurre con tantos ballenatos que nacen en el país.

Al igual que mis antepasados “Siete Al revés” y toda una población de miles de ballenas jorobadas eligió Samaná. Ante esta distinción, como consumidores, habitantes de nuestra casa común, tenemos un deber con nuestras generaciones futuras.  La República Dominicana, debe trazar un camino basado en el Estado de derecho ambiental. Es la única esperanza. Además de fortalecer esfuerzos para aplicar la CITES y las leyes ambientales con seriedad y efectividad, mantener firme su posición en la Comisión Ballenera y más que eso trabajar y lograr el apoyo de otros paises de tránsito para que protejan la ruta migratoria de las ballenas y no la lleven a una ola destrucción. 

Volvamos a la naturaleza. La conservación y el avistamiento de ballenas nos conectan y son mejor alternativa a la caza. Las ballenas jorobadas, nos recuerdan nuestras propias migraciones y las vicisitudes de nuestros antepasados.  Recuperando la naturaleza, recuperamos nuestras conexiones y la salud de nuestra sociedad. 

Claudia S. de Windt.  Abogada internacional, experta en ciencias políticas y académica dominicana. Directora Ejecutiva del Instituto Interamericano de Justicia y Sostenibilidad (IIJS: http://www.ii-js.org).