Entre Vista I (de III)

R (de Ilan Stavans): Hay pocos placeres en la vida intelectual que se asemejan a la conversación: dos mentes en un baile espontáneo de ideas. La entrevista moderna, en particular la que se frecuenta en los medios (prensa, radio, TV) es un género útil y popular, pero es inatento, despreocupado, haragán. La conversación empieza con Sócrates. En el mundo hispánico, tenemos conversadores admirables: en el Medioevo, Juan de Valdés y León Hebreo; en la actualidad, Borges y Octavio Paz. El libro empezó como una mera apesta: en una conversación sostenido, un historiador y un crítico cultural indagan, un chileno y un mexicano, los contornos de la hispanidad; al hacerlo, descubren que, como la esfera de Pascal, la hispanidad es una esfera cuyo centro está en todas partes y el perímetro de su circunferencia en ninguna. Esa conversación por eso es amplia: va de Lionel Messi a Andrés Bello, de Pinochet a las telenovelas.

R: El Quijote es nuestro libro esencial: el principio y el fin de nuestra civilización. En él está el ADN hispánico. Justo cuando el imperio español se venía abajo, Cervantes, un escritor de segunda, imaginó estos dos tipos (mejor dicho, prototipos, o quizás arquetipos): el caballero y su escudero. Y, a decir verdad, la novela parece ser lo único salvable de esa zozobra. Más que una novela, es un espejo en la que todos nos vemos reflejados. No hay escritor de habla española que no sea hijo suyo. Unamuno pensaba que Cervantes era indigno de ella, que su creación era infinitamente superior a su talento; Ortega y Gasset la explicaba como la cornucopia del espíritu español; y Borges imaginó un simbolista francés decimonónico que la reescribe sin copiarla. En otros ámbitos, El Quijote es una fuente de inspiración y locura. Flaubert modeló a Emma Bovary como “un caballero con falda”; Dostoyevski creía que Don Quijote era una revisión de Jesucristo; Mark Twain les rindió homenaje en Huckleberry Finn; y Nabokov argumentó que es la novela de Cervantes es el libro más cruel escrito jamás.

R: A Borges le fascinaba indagar los reveses de la argentinidad. Tramó un capítulo apócrifo del Martín Fierro, que creía un libro tan importante como la Odisea, ensayo en su época temprana su ficción con compadritos y la rellenó de orilleros, escribió poemas ejemplares sobre el tango (que Piazzola acompañó con el bandoneón) y el gaucho (“Fue el que no pidió nada, ni siquiera/

la gloria, que es estrépito y ceniza”)… Sus reflexiones sobre la diferencia entre la literatura gaucha y la literatura gauchesca son una plataforma clave para entender el quehacer intelectual en general, no como creación sino como hurto. Pero la hispanidad tal cual, eso a Borges no le llamó la atención. De haberle alguien preguntado qué es, seguramente habría respondido que la hispanidad es una superstición. Es más, supongo que Borges creía que América Latina es una quimera: un cómodo concepto político.