Amantina Mora sepultó a su hija dos veces

Nieve Margarita de los Santos tenía ocho años fuera del país y era su primer viaje de regreso

Santo Domingo – Su hija Nieve Margarita de los Santos residía desde hace ocho años en Nueva York y llevaba meses anunciando su primer viaje al país, con regalos para cada uno de sus seres queridos más cercanos. La madre, Amantina Mora, aguardaba con desesperación verla entrar por la puerta de su casa. Todavía no supera el dolor de haber tenido que sepultar dos veces, los pocos restos enviados por las autoridades estadounidenses en momentos distintos, meses después de la caída del 587.

“Mandaron dos ataúdes y están (en la tumba) uno arriba del otro. Encontraron algo (parte de su cuerpo) primero y lo mandaron. Parece que después consiguieron algo más y lo mandaron…” El primer ataúd llegó a los dos meses y el segundo a los tres, cuenta Amantina, quien como tantos otros familiares de las víctimas tuvo que acudir al cementerio en más de una ocasión a sepultar a sus deudos.

Ahora Nieve Margarita descansa en el cementerio de Los Llanos, en Baní, a 69 kilómetros al suroeste de esta capital, en donde vivió con sus abuelos desde que sus padres se separaron. Un total de 45 de los 176 dominicanos que perdieron la vida en el vuelo eran del citado pueblo y venían atraídos por el inicio, el 12 de noviembre, de las fiestas patronales en honor a Nuestra Señora de Regla. Por esa razón, fue la localidad elegida en el país para levantar un monumento en un pequeño parque que recuerda a todos los fallecidos.

El hecho de que Nieve Margarita creciera al lado de sus abuelos no la alejó de su madre. “Era muy amante de la familia y quería traerle algo a cada uno de sus familiares. Ese día ella llamó. Habló con mi hija. Yo me sentí triste porque ella no habló conmigo. Ella le dijo: ´Manita, ahorita estamos juntas´”, dice Amantina.

Cuenta que, por suerte, el esposo de su hija, Huchitson de los Santos, quien se dedicaba a trabajar como chofer de camiones en Estados Unidos mientras su esposa vendía prendas y flores, no dejó que trajeran a su pequeño nieto de apenas meses de nacido. La pareja residían en Manhattan. Ambos se conocieron en Baní. “Su papá es banilejo (de Baní) y como los abuelos estaban allá cuando nos separamos, la niña se quedó con los abuelos, pero siempre estábamos en contacto. Yo iba siempre y cuando yo no iba, el papá me la traía. Yo estaba cada ocho días con ella. Nunca nos desapartamos”.

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