Newt Gingrich y la política del bien

Ahora que los puristas tanto de derecha como de izquierda atacan la sensata propuesta migratoria de Newt Gingrich, alguien debe defender al ex presidente de la Cámara.

Me complace hacerlo. La perfección no puede ser enemiga del bien. Lo que propone Gingrich no es perfecto, pero es bastante bueno. Quiere crear lo que él denomina como “un camino a la legalidad” para individuos con fuertes lazos en este país, a fin de no separar a las familias. Los inmigrantes ilegales podrían recibir permisos de trabajo para poder quedarse en Estados Unidos y mantener sus familias intactas. Ya no serían cazados por gente en busca de notoriedad, como el shériff Joe Arpaio del Condado de Maricopa, Arizona, ni barridos por la máquina de deportación del gobierno de Obama.

Pero hay un problema. Los inmigrantes ilegales no obtendrían la ciudadanía estadounidense en el acuerdo. Podrían aún convertirse en ciudadanos, pero tendrían que volver a su país de origen, reingresar a EE.UU. legalmente y pasar por los canales apropiados para ser naturalizados.

La propuesta podría funcionar. La ciudadanía, y el derecho al voto que viene con ella, siempre ha sido menos importante para los inmigrantes que para los demócratas, a quienes se les hace agua la boca pensando en los millones de nuevos electores que guardarían rencor a los republicanos. He hablado con muchos inmigrantes ilegales, y lo que quieren es tra- bajar y mantener a sus familias sin que se los hostigue. La mayoría no tiene un ferviente deseo de entrar en una cabina electoral y escoger el menor de dos males.

Para los de derecha, a quienes les gusta reducir su oposición a un eslógan que entre en una pegatina para el paragolpes, un plan con permiso de trabajo es igual a una “amnistía”. Para los de izquierda, a quienes les gusta medir el trato de los republicanos hacia los inmigrantes con una estricta vara, mientras para el presidente Obama no usan vara alguna, es una fórmula para crear habitantes de segunda clase.

En realidad, no es ninguna de las dos cosas. Son sólo palabras de moda que la izquierda y la derecha lanzan a fin de incitar a los fieles. Lo que Gingrich propone -es decir, la “solución de la tarjeta roja” creada por la Vernon K. Foundation, con sede en Denver, según la cual los inmigrantes ilegales obtendrían tarjetas rojas que indicarían que tienen derecho legal a trabajar- sería, sin duda, un adelanto con respecto a lo que tenemos ahora. Además, dada la naturaleza insustancial de nuestra política, debería reconocerse el mérito de un candidato que es audaz como para proponer una idea y apoyarla. La mayoría de los candidatos la juegan segura y sólo critican las propuestas de los demás, mientras le dicen al público lo que éste desea oír. No es así como actúa Newt.

Y ése es un motivo por el que él se ganó el respaldo de uno de los periódicos más influyentes de New Hampshire, el Union Leader, aunque se suponía que Romney -como gobernador del estado vecino de Massachusetts- tendría esa ventaja.

El editorial de primera plana decía lo siguiente: “Buscamos conservadores con valor y convicciones, que tengan pensamiento independiente, estén cimentados en las creencias esenciales de esta nación y su pueblo, y estén mejor equipados para la tarea que deben desempeñar. … En esta increíblemente importante elección, ese candidato es Newt Gingrich.”

La derecha necesita crecer. No es suficiente repetir la palabra “amnistía” 10 veces al día como forma de interrumpir el debate de la inmigración. Debemos oír soluciones reales e ideas reales, y los que no pueden ofrecer ninguna de las dos cosas deben salirse del camino. Si la solución de la tarjeta roja no es la adecuada, entonces, ¿qué propondría Romney, o cualquier otro crítico de Gingrich, que hagamos con lo que se calcula que son los 11 millones de inmigrantes ilegales en los Estados Unidos? Nunca nos lo dicen.

La izquierda también necesita crecer. Los liberales desprecian la solución a medias de Gingrich e insisten en que no es suficiente. Sin embargo, se deshacen en elogios con la nimias promesas de Obama. El presidente promete una reforma, mientras la secretaria de Seguridad del Territorio, Janet Napolitano, promete una política de deportación “muy robusta”. Este numerito de “policía bueno/policía malo” ya no está funcionando.

Lo que Newt Gingrich ha propuesto probablemente no funcionaría en un mundo perfecto. Pero sí podría ser tremendamente útil en el mundo real.