Sólo di NO a la avaricia de las empresas

La repatriación. Es una palabra que los niños escolares probablemente aún no saben explicar ni quizás hayan visto a menudo fuera de un concurso de ortografía. Pero cuando se trata de impuestos corporativos, la repatriación es el pilar de un concepto capaz de hacerles daño a millones de niños y padres y ensanchar aún más la brecha histórica e inescrupulosa entre ricos y pobres.

La definición más elemental de “repatriación” es devolver algo al país de origen, llevar de nuevo a la patria. Una de las soluciones propuestas por nuestros líderes en el Congreso a la actual crisis de desempleo (con el apoyo agresivo de algunas de las corporaciones más ricas) es revolver un viejo experimento. Buscan aprobar una tregua fiscal del impuesto sobre repatriación que les permitiría temporalmente a las compañías multinacionales con sede en Estados Unidos traer sus ganancias a EE.UU. Actualmente las mantienen en el extranjero a una tasa de interés de 5,25%, en lugar de la tasa corporativa vigente del 35%. Según la ley fiscal actual, las empresas multinacionales por lo general no pagan ningún impuesto corporativo sobre ingresos extranjeros hasta que esas ganancias se repatrian a Estados Unidos. Tal como lo explica el Center on Budget and Policy Priorities (CBPP): “Esta ley de hecho les permite a tales empresas a posponer indefinidamente el pago de impuestos corporativos sobre sus ganancias en el extranjero, aunque pueden recibir una deducción tributaria inmediatamente por muchos gastos incurridos en las mismas inversiones en el extranjero. Esto puede dar lugar a un impuesto sobre la renta corporativa negativo, es decir un subsidio federal neto para sus operaciones en el extranjero”.

La razón a favor de una tregua fiscal de repatriación es que otorgarle a las corporaciones un incentivo astronómico para la repatriación de ganancias precisamente en este momento, mediante una enorme exención tributaria, le devolvería a la economía norteamericana miles de millones de dólares que serían reinvertidos y proveerían un gran estímulo a la economía. Los partidarios de las corporaciones y sus aliados en el Congreso afirman que esto crearía empleos urgentemente necesarios.

Pero la última vez que se intentó tal medida, bajo un plan de la administración del Presidente Bush en el 2004, no se dieron los resultados anticipados. Al contrario, tal como señala CBPP: “Los datos indican que las empresas mayormente usaron sus ingresos repatriados no para invertir en empleos o el crecimiento económico norteamericanos, sino para fines que el mismo Congreso quiso prohibir, tales como la recompra de sus propias acciones y el repartir beneficios más cuantiosos a sus accionistas”. Muchos economistas y estudiosos piensan que de salirse las corporaciones con la suya la historia se repetirá y una vez más las corporaciones y sus accionistas serán los únicos en beneficiarse en lugar de los trabajadores, familias y niños norteamericanos.

El Joint Committee on Taxation, una entidad no partidaria del Congreso, ha calculado que la tregua fiscal le costaría al gobierno federal unos $80 mil millones por rentas públicas perdidas. Andrew Fieldhouse, del Economic Policy Institute, lo explicó de la siguiente manera: “Mientras que hay numerosas propuestas para promover el empleo que reducirían considerablemente el desempleo, algunos legisladores apoyan políticas contraproducentes disfrazadas de medidas para crear empleos. La propuesta de volver a la tregua fiscal para el impuesto corporativo es uno de estos lobos con piel de oveja”. En un momento en que el país ya enfrenta una crisis de desempleo y muchos líderes del Congreso amenazan con recortes a programas de seguridad social con que cuentan niños y familias para cuadrar su presupuesto, tales como programas de nutrición y de cuidado infantil, volver a un concepto fallido en vez de proponer soluciones y empleos reales representa una amenaza que los niños y familias no pueden tolerar. Tal como dicen los manifestantes de Occupy Wall Street (Toma Wall Street), “simplemente vamos a decirle no a la avaricia corporativa” y a los miembros del Congreso que siguen quitándoles a los pobres y a los niños para sacarles favores y contribuciones financieras a los ricos.