Mensaje de esperanza para Navidad

Creo que en esta Navidad, debemos rezar por los ricos, por los del 1%. Han tenido un año pésimo en 2010, como sus ingresos promedio han bajado hasta un poco menos que $1 millón. Para ellos el año 2011 ha sido un poco mejor, y su ingreso promedio ya supera $1 millón por año otra vez, todavía se sienten mal y me dicen que padecen de frecuentes ataques de ansiedad. Es entendible, pues la economía mundial se va a pique y eso significa que sus posibilidades se están disminuyendo.

Todos sabemos como se siente eso. Luchamos. Nos esforzamos de pasar de un empleo temporal a uno de tiempo completo que cobra salario mínimo. Logramos pagar la renta, luz y gas y los gastos escolares de nuestros hijos todos los meses, y logramos comprar abrigos y zapatos nuevos para nuestros hijos, sobretodo porque sus pies no dejan de crecer y crecer. Luego el gobierno amenaza con multas a la compañía por la cual trabajamos si no averiguan, por medio del programa electrónico E-Verify, si los trabajadores tenemos papeles o no. Nos despiden. Por mucho que buscamos no podemos hallar trabajo temporal ni siquiera.

Siguen llegando las cartas de los parientes en México, Guatemala y Honduras, pidiendo que enviemos dinero. Viene la navidad y nuestras posibilidades de sobrevivir se van disminuyendo prácticamente a nada.

De modo que nosotros sabemos muy bien como es tener que encararse con posibilidades cada vez más remotas, pero digo otra vez que los ricos necesitan que oremos por ellos, porque en realidad estamos en mejores condiciones que ellos. Una vez Jesucristo les dijo a sus discípulos “siempre tendrán los pobres consigo”. Eso es porque siempre vamos a sobrevivir. Nuestra esperanza, nuestro campo de posibilidades, no viene de la economía del mundo, sino de otra fuente.

La semana pasada mi hijo Saúl cumplió años. Como todas las madres, los cumpleaños de mi hijo me recuerdan el día que nació y cuando era un bebé. ¡Nomás véanlo ahora! ¡Tan alto, fuerte e inteligente y guapo! ¡Lo logré! Y sigue creciendo e inventando nuevas posibilidades para sí mismo y para nuestro pueblo.

Las posibilidades creadas por la riqueza material no pueden compararse con las que son creadas por la misma vida. Desde niña siempre quise tener hijos, y Dios contestó mi oración.

Como vamos leyendo las historias navideñas celebramos el milagroso nacer de Jesucristo a la Virgen María. Celebramos el don del hijo, San Juan Bautista, que tuvieron Isabel y Zacarías, quienes se habían envejecido pensando que jamás iban a tener un hijo.

El nacimiento, primero de Juan y luego de Jesús, fue rodeado por la profecía de que aquellos dos bebés crecerían para dar una nueva esperanza a su pueblo. Creían que podrían renovar la fe de un pueblo que había perdido la esperanza y quienes habían abandonado sus tradiciones y hasta su dignidad. Cuando la Virgen de Guadalupe apareció a Juan Diego, en una de las peores temporadas en la historia de México, le dijo “mi hijo fidedigno”.

Para nosotros, el natalicio de Jesucristo a una familia que fue obligada a trasladarse a un país extranjero, nos recuerda de las bendiciones de nuestros propios hijos, y las tremendas esperanzas que nos traen. Constituyen nuestro tesoro por el cual somos capaces de sacrificar todo. Son nuestro campo de posibilidades. Sabemos en nuestros corazones que, de igual modo que Dios nos bendice con hijos, también nos protegerá y nos acompañará hasta en los momentos más difíciles.

Esta navidad, a pesar de que estamos pasando tiempos duros, debemos apoyarnos en nuestros hijos, y ellos en nosotros. Si te encuentras solo, vete al pueblo para ganar más amistades. Vete a cooperar con gente que están en la misma lucha y que tiene las mismas fuentes de esperanza. Si te encuentras separada de tu familia, no te olvides que tu pueblo es tu familia por dondequiera que vayas, pues comparten las mismas fuentes de esperanza.

En cuanto a los del 1%, reza por ellos. Pues no tenemos otra forma de ayudarlos.