Déjenme ser niño

La mirada triste de la niña grande deslucía la celebración de la reunión navideña. Las presiones de una sociedad obstinada acortaron su infancia sin ella desearlo.

Un estuche de maquillaje cuando apenas cumplió 10 años marcó su acelerada madurez y pronto le endilgaron, las tías malas, un noviecito del barrio que terminó de sepultarle el candor con un beso prematuro que fue aplaudido como un trofeo de incauto.

Nunca he entendido el afán de ciertos padres para que sus hijos se hagan adultos rápido.

Mi mamá se refería a esos niños como “madurados biches” (crecieron verdes) y siempre fueron vistos con recelo por otros padres porque podrían ser mala influencia, como efectivamente lo fue en varios casos.

Los papás modernos, inducidos por la propaganda y el comercio, se convencen de que sus hijos ya son grandes. Es malo que hoy día muchos quieran arrebatarle la infancia a sus hijos y les regalen cosas de adultos, con el argumento de que otros ya lo hacen.

Hay quienes estimulan a los niños para que se conviertan en los amos del consumismo. Al ser cómplices de esa perversidad, forman generaciones frías de espíritu, que lo único que desean es lo material.

No hay momento más ameno que jugar al escondite con los primos o con los amigos del barrio; a la rayuela (en algunos países avioncito) usando tiza para dibujar los cuadros en el cemento y piedras para lanzarlas; a la “vuelta ciclística” con tapas de refresco rellenas de plastilina o cera de las velas, dibujando la pista de los competidores sobre el andén; a las canicas, bolitas o esferitas.

No hay nada mejor que jugar ingenuamente a los carritos y a las muñecas. Armar películas en nuestra imaginación, creando personajes ficticios e impostando la voz. Me encantaba ver a mis hijos en esos momentos de esparcimiento, donde la creatividad superaba la realidad.

Con mis amigos pasábamos horas leyendo tiras cómicas en la tienda de alquiler de revistas y después riéndonos a carcajadas de las ocurrencias de los personajes que nunca envejecieron.

Que bueno poder sentarse en la sala del hogar a jugar monopolio, ajedrez, damas chinas, parqués o bingo. Los juegos, además de ser una actividad placentera, son necesarios para el desarrollo intelectual y afectivo de un niño. Jugar no es una pérdida de tiempo porque es parte del crecimiento y si es al aire libre es mejor.

En estos tiempos difíciles, donde la pérdida de valores es una bandera de muchas comunidades y grupos sociales, debemos reconciliarnos con las cosas buenas de la vida y dejar que los niños disfruten esta época hermosa.

Los invito a que salgan al parque a recrearse junto a los niños con juegos compartidos, para que las memorias del futuro sean dignas de recordar.

Quiero ser niño. Séanlo ustedes también y les garantizo que tendremos un mundo prometedor, más bueno, humano y sensible. Deseo que en estos tiempos de fiesta la inocencia perdure en sus corazones.