¿Puede diferenciar entre una escuela y una iglesia? Nosotros sí

¿Puede diferenciar entre una escuela  y una iglesia? Nosotros sí

A partir del 12 de febrero unos 60 grupos religiosos que usaban edificios de escuelas fuera de horario de clases para congregarse se quedarán sin lugar en donde hacerlo. Muchos de estos grupos están en vecindarios hispanos, en donde además de actividades religiosas brindan valiosos servicios comunitarios.

La Ciudad de Nueva York tomó la decisión apegándose al principio constitucional de separación entre Iglesia y Estado. Básicamente, ellos alegan, permitir a los grupos usar edificios públicos –por los cuales pagan un alquiler por debajo del precio del mercado– puede hacer creer a residentes y estudiantes que la escuela es una iglesia, y además crear la percepción de que la escuela y la Ciudad respaldan mensajes e ideas que la congregación profesa. La Ciudad, sin embargo, permite a grupos comunitarios no religiosos usar edificios escolares para reunirse.

Aunque entendemos el argumento legal, no parece existir evidencia de que tal temor pueda concretarse en alguna amenaza real. Históricamente, los grupos religiosos han sido grandes aliados del gobierno a la hora prestar servicios a los más necesitados –como consejería para jóvenes, programas para después de la escuela, y clases de inglés. Entre los inmigrantes, estos grupos juegan un papel importante en tanto tienden a ayudar a construir comunidad y crear capital político.

Líderes de estos grupos dicen que no podrán pagar precios de mercado por los alquileres y que corren el riesgo de desaparecer.

Los neoyorquinos nos caracterizamos por nuestro apego a la ley, pero también por nuestro sentido de justicia social y pragmatismo. Una vez que se acaban las clases y los estudiantes, maestros y personal se han ido, lo que queda es un edificio vacío. En ese sentido, la escuela no es el edificio. Si el problema es de percepción, una gran señal aclarando que ni la Ciudad ni el Departamento de Educación respaldan las creencias o la agenda de un determinado grupo, podría bastar.

En esta economía, cuando la Ciudad sufre para proveer servicios a sus residentes más pobres, no tiene sentido adoptar esta posición puritana. La Ciudad debe revertir su posición y dejar a las organizaciones religiosas hacer lo que siempre han hecho. De otra manera, la Legislatura estatal debe pasar la propuesta de ley que busca dejar sin efecto este mandato, porque los neoyorquinos sabemos distinguir entre una escuela y una iglesia.