Se le escapó a la muerte usando una lata

Conoce este y varios testimonios de otros sobrevivientes del naufragio que cobró 54 vidas en la República Dominicana
Se le escapó a la muerte usando una lata
El proceso de recuperar los cuerpos fue complicado.
Foto: AP

SANTO DOMINGO – Había unas 70 personas a bordo y todas sabían que la rudimentaria lancha estaba sobrecargada. Pero la esperanza de llegar a Puerto Rico sin permiso migratorio era más fuerte que el miedo al mar. Quizás nunca imaginaron que sólo unos pocos sobrevivirían.

Apenas dos horas después de zarpar de entre apartados manglares en la oscuridad de la noche y bajo una ligera, pero pertinaz llovizna, algunos de los viajeros notaron que la fibra de vidrio de la lancha de apenas unos 38 pies de eslora estaba despegada de la madera.

Aunque pidieron al capitán volver a la costa, ya era tarde; dos grandes olas inundaron la pequeña embarcación repleta de inmigrantes clandestinos, muchos de ellos sin saber nadar, todos sin salvavidas y, como ocurre en los viajes similares, sin ninguna protección.

“Todo el mundo gritaba, pero estábamos muy lejos, nadie nos iba a escuchar”, narró Luis Cortorreal, al recordar que en el momento del naufragio, la madrugada del 4 de febrero, aún podía ver las luces de los hoteles de la turística península de Samaná, en el noreste de República Dominicana.

Otros, como Franklin Santos, intentaron infructuosamente sacar el agua de la lancha, usando latas vacías, pero cada ola fracturaba aún más la yola, como llaman los dominicanos a las lanchas fabricadas de forma artesanal casi exclusivamente para las travesías clandestinas al territorio estadounidense de Puerto Rico.

“Dios me puso ahí esa lata”, aseguró Santos, un vendedor de autos usados de 35 años y miembro de una iglesia evangélica en su natal San Francisco de Macorís. Aunque la lata de cinco litros no sirvió para desaguar la lancha, que ya comenzaba a hundirse, sí le ayudó a flotar una vez en el mar.

Santos, quien vivió sin permiso migratorio en Nueva York ocho años, narró cómo los viajeros peleaban entre sí para aferrarse a algún contenedor de gasolina y usarlo como flotador.

El capitán de la lancha llevaba entre 12 y 14 contenedores de gasolina como reserva para el viaje de unas 36 horas que toma el recorrido de 265 kilómetros desde la bahía de Samaná a Puerto Rico y que incluyen las peligrosas corrientes del canal de La Mona. La gasolina no fue utilizada, pero los recipientes sirvieron para que un puñado de viajeros salvara sus vidas.

“Eramos muchos peleando por un galón (contenedor de plástico), así que me retiré, me apoyé en la lata y le pedí a Dios que no me abandonara”, comenta Santos, quien en 2003 viajó en yola Puerto Rico sin ningún percance y quería repetir la experiencia para volver a Estados Unidos, de donde fue deportado en 2011, y reunirse con su esposa y sus dos hijos.

El agricultor arrocero Arismendy Manzueta, de 28 años, explica que, aunque de inmediato vació la gasolina de uno de los contenedores de plástico y se lanzó al agua, no pudo ayudar a uno de los dos primos que lo acompañaba en el viaje y lo vio morir.

Experiencia similar vivió María Sobeida Guzmán. Ella intentaba viajar por primera vez a Puerto Rico en busca de un mejor futuro como manicurista y al ver que la lancha se hundía se aferró a un recipiente de plástico, desde donde vio cómo las dos amigas con quienes emprendió la travesía morían ahogadas.

“Nadé todo lo que pude, cuando salió el sol pensé que nos iban a rescatar y no recuerdo más. Pero cuando me trajeron al hospital me dijeron que era la una de la tarde”, recuerda Guzmán, la única de las 10 mujeres a bordo de la lancha que sobrevivió al naufragio.

Guzmán quería conseguir un mejor empleo para enviar dinero a sus tres hijos, pero ahora le quedarán en el pecho y las piernas las quemaduras de segundo y tercer grado que le provocó la combinación de gasolina, agua salada y exposición al sol, explicó el médico Frank Tavárez, director del hospital del pueblo pesquero de Sabana de la Mar, que atendió a 10 de los 13 sobrevivientes.

Esos 13 viajeros que sobrevivieron tuvieron que nadar entre siete y ocho horas bajo el intenso sol hasta que pescadores de la zona de Sabana de la Mar comenzaron a rescatarlos.

“Nadábamos hacia Samaná (en la costa norte de la bahía) porque se veía cerca, pero las olas estaban muy fuertes, nos arrastraban hacia Sabana de la Mar”, en el sur, explicó Manzueta, quien también sufrió varias quemaduras y laceraciones.

Por la fatiga e insolación, Cortorreal, un pintor de casas de 31 años, pensó que estaba a punto de morir. “Sentía calambres, se me encogió una pierna; me quedé boyando un rato hasta que me dormí”, recuerda.

Cortorreal comenta que cuando despertó, “ya no sentía nada, me puse las manos sobre la cabeza y comencé a rezar”. Su fe y un trozo de salami rescatado de entre los escasos equipajes de los viajeros fue lo único que le dio fuerza y esperanza para avanzar hasta que un pescador lo sacó del mar.

Para formar parte del fatídico viaje, que con 54 muertos y una decena de desaparecidos es considerado ya una de las peores tragedias de emigrantes dominicanos en la última década, los viajeros pagaron entre 40,000 y 50,000 pesos ($1,030 y $1,280).

“Este año pasó, este año entero y yo no hice ni un trabajo ni nada”, insiste Cortorreal al explicar los motivos que lo llevaron a aceptar la propuesta de su hermano, que vive en Puerto Rico, de viajar a esa isla para buscar trabajo. Su hermano le envió el dinero para pagar la yola.

Según estadísticas oficiales, los viajes en yola de migrantes dominicanos a Puerto Rico registraron un ligero repunte a finales del 2011, luego de que su número había descendido drásticamente en los últimos tres años, cuando la crisis financiera global afectó fuertemente a la economía de Estados Unidos.

Miles de dominicanos han arriesgado sus vidas al viajar como ilegales en yola a Puerto Rico. Sólo en 2004, cuando una crisis financiera local desató una migración masiva, unos 12,000 dominicanos viajaron en yola y al menos 123 personas murieron en el mar.

“La gente se embarca en viajes muy peligrosos, se montan en tablas con clavos, literalmente”, dijo a Ricardo Castrodad, oficial de Asuntos Públicos de la Guardia Costera estadounidense en Puerto Rico.

Pero ni el peligro, ni los mayores controles de seguridad por parte de las autoridades han logrado detener la migración en lancha, explicó Luis Castro, director de inteligencia naval de la Marina.

El oficial aseguró que en el 2011 la Marina logró detener a más de 1,200 migrantes y destruyó 199 yolas gracias a que estrechó su vigilancia marítima, pero el flujo de migrantes continúa.

Castrodad indicó en un documento enviado a la AP que se estima que de octubre pasado a la fecha, unos 562 migrantes han tratado de viajar en yola, una cifra superior al total del 2010.

Mientras que el servicio de guardacostas y otras instituciones estadounidense sólo detectaron y detuvieron 19 yolas con migrantes dominicanos en 2011, en los últimos cuatro meses el número asciende a 11.

Además, el servicio de guardacostas ha procesado criminalmente a unas 450 personas provenientes de República Dominicana por tratar de ingresar de forma reincidente a Puerto Rico desde 2006, usando lanchas clandestinas.

“La gente no piensa en el peligro, aquí la situación económica está bastante mal y ellos quieren tener una vida mejor”, considera Yolanda Reyes mientras prepara en San Francisco de Macorís la ceremonia religiosa para recordar a sus sobrinos Héctor Eduardo y Pedro Luis, de 28 y 25 años, que viajaron en la yola que naufragó el 4 de febrero y cuyos cuerpos no han sido recuperados.