¿Y viene el Papa?
Engalanada con luces y pinturas brillantes, acaba de abrir, en un barrio de la periferia habanera, la dulcería “La Caridad”. El negocio privado ocupa el local anterior de una modesta vivienda y, nada más ver su aspecto y ofertas, se advierte que tiene aspiraciones de grandeza.
A unas pocas cuadras, en el mismo barrio alejado del centro, funciona el lujoso restaurant cubano-italiano “Il Divino”, en la terraza de una mansión estilo campestre-colonial. Entre sus atractivos se cuenta el hecho de ser la sede del Club de Someliers de Cuba, apoyado por la existencia de una prodigiosa cava subterránea en donde reposan varios miles de botellas de vinos internacionales de edades provectas y precios de espasmo.
En las calles de esa misma zona de la capital cubana se cuentan por decenas los vendedores ambulantes de vegetales, bisutería, artículos industriales, comidas ligeras. Negocios como estos -y otros de los permitidos por las recientes leyes cubanas destinadas a ampliar y apoyar el llamado “trabajo por cuenta propia” y hasta la contratación de trabajadores por los privados-, brotan en los rincones más inesperados, como una explosión de capacidades y necesidades por varias décadas postergadas por el modelo socialista.
Justo en uno de estos comercios emergentes, mientras esperaba ser servido, uno de los clientes le preguntó a su acompañante algo que bien puede revelar los modos de pensar que hoy recorren la isla del Caribe. “Oye, ¿y por fin el Papa viene a Cuba?”, preguntó la persona y su acompañante terminó de iluminar la situación con su respuesta: “Me parece que sí”.
Hace catorce años, cuando se acercaba la visita al país del papa Juan Pablo II, es posible que a muy pocos cubanos se les ocurriera hacer semejante pregunta. Todo el mundo sabía que venía y, además, tenía alguna expectación por lo que pudiera provocar o dejar su paso por la isla. Pero entre aquellos meses de 1997 previos al acontecimiento y los días de hoy, en vísperas de la visita de Benedicto XVI (de 23 a 29 de marzo) la mente de los cubanos parece haber dado más giros de los que resulta factible contar.
Unas pocas semanas atrás, al concluir el recorrido pastoral que realizó por todo el territorio nacional la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, la gente mostró un fervor religioso, o cuando menos una curiosidad, que parecía impropio de un país en el cual se promovió la práctica del ateísmo científico como política de Estado.
El sentimiento religioso, incluso preservado en secreto durante años por muchas personas resulta, pues, una realidad incontestable. Pero, ¿y la visita del Papa?
A diferencia de lo ocurrido entre 1997 y 1998, hoy los cubanos tienen los mismos e, incluso, nuevos problemas. Sólo que en aquellos tiempos todavía estaba fresca la eliminación de discriminaciones políticas y sociales respecto a los ciudadanos con creencias religiosas.
Actualmente, cargados de preocupaciones terrenas, la gente parece esperar menos de la visita del Papa y mucho más de sus propias capacidades y empeños. La práctica de la iniciativa individual y la posibilidad de búsquedas independientes de vías para mejorar las condiciones de vida, ha generado muchas más energías y preocupaciones que altas cuestiones de política e, incluso, de fe. Muy poco parece interesarles a una cantidad notable de cubanos si los visitará el Papa y cuándo.