Bailar y guiar, sin que importen pesos ni medidas

La única condición de Timeless Torches es que sean mayores de 40 años
Bailar y guiar, sin que importen pesos ni medidas
Durante el día, Luis se gana la vida como chofer de autobús de la MTA pero nunca falla a ensayos ni prácticas de su compañía de danza.
Foto: Silvina Sterin Pensel

A todo volumen, la música de Michael Jackson comienza a salir de los parlantes y el grupo arranca su coreografía al ritmo de Just Beat It haciendo tronar el estadio. Pero los gritos, los silbidos, las palmas y los alaridos de los fanáticos pidiendo más no son para esbeltas porristas si no para los 11 miembros de Timeless Torches, una compañía de bailarinas y bailarines que cumplen con varios requisitos previstos en su estatuto: tener más de 40 años, haber puesto mayor énfasis en disfrutar la vida y la comida que en cuidarse de las calorías y haber pasado una rigurosa audición.

El peculiar conjunto de danza se fundó en 2005 y es el acompañante oficial de las jugadoras del New York Liberty, el equipo neoyorquino de la liga de mujeres de la Asociación Nacional de Basketball o WNBA. Cada partido, son ellos quienes calientan el ambiente en la cancha durante el entretiempo y al final del juego con sus movimientos, ágiles y sexies, a pesar de las libras, los rollitos que sucumben a las leyes de gravedad y la edad.

“Aquí lo importante no es la imagen si no que tú estés cómodo con tu cuerpo y que quieras divertirte”, asegura Luis Jiménez, un enorme dominicano, negro y bonachón, dueño de un carisma casi tan amplio como su barriga. “Esto” dice señalando su estómago, no es un ningún impedimento, al contrario, cuando bailo y hago este paso donde muevo las manos y me acaricio, olvídate, todos se vuelven locos”.

Con 47 años, Luis es uno de los cachorros del grupo donde algunos superan los 70 y uno de los dos hombres que lo integran. “Con Bob somos muy amigos y nos ayudamos mutuamente cuando hay pasos complicados en alguna rutina; ahora cuando llega el momento de la audición, ahí la competencia se vuelve feroz”. Es que pertenecer a los Tímeless Torches no es algo vitalicio si no algo que se gana con sangre, sudor y a veces hasta lágrimas. “cada año hay que audicionar y volver a probar que uno se merece estar aquí,”, explica Luis quien, recientemente, fue aceptado por quinta vez.

Dos cosas contribuyeron a que este hombre de 6.5 pies y más de 300 libras cautivara a los directivos del grupo: su fanatismo por las basquetbolistas del Liberty y su pasión por bailar. “Bailo desde que nací y bailo de todo. Tú dime el estilo y yo lo bailo”. El merengue y la bachata los aprendió en Santo Domingo, donde nació y pasó su infancia, y gracias a su estadía en Puerto Rico –su madre, ya divorciada, llevó a vivir a la familia allí- se convirtió en un gran bailarín de salsa. Desde 1997 no se pierde un juego de las muchachas y ha guiado hasta Detroit para verlas.

Conducir no le es ajeno y este caribeño hace 13 años que se gana la vida como chofer de autobús en Nueva York. Sus días, intensos, transcurren o bien manejando o bien bailando y para eso alterna entre dos uniformes: el de conductor de la MTA donde una placa en su chaleco lo identifica como el Operador 22980 y el otro, el de los Torches, con pantalones azules deportivos y una playera con un número que revela la edad de cada bailarín. Moverse y sacudir el cuerpo, afirma Luis, le ayudan a paliar los efectos de estar sentado varias horas por jornada. “Cuando bailo me siento activo y hasta se me alivia el dolor de espalda. Imagínate que estoy arriba de la guagua desde las 6 de la mañana hasta las 4:30 de la tarde”, agrega.

Muchos de los pasajeros que toman su bus de la línea M4 que arranca en los Cloisters y culmina, irónicamente, frente al Madison Square Garden donde usualmente juegan las Liberty, ya conocen bien a este conductor amable que siempre regala sonrisas y, de paso, trata de sumar fanáticos para su equipo. “Les digo que la temporada está por comenzar ahora el 19 de mayo, que compren sus boletos que son amigables con el bolsillo y los hago reír un poco”.

Al igual que él, sus compañeros también tienen otros trabajos pero se las ingenian para no faltar a ningún compromiso de la troupe de danza. “Tenemos ensayos casi todos los fines de semana y cuando hay juego llegamos varias horas antes para hacer precalentamiento y practicar las coreografías”. La mayoría no dura más de dos minutos pero en ese lapso de tiempo entran varios movimientos y algunos son complejos. Además de la coreógrafa del grupo, Amanda Rebisz, una talentosa bailarina de los Knicks, Luis cuenta con otros ayudantes: sus cinco hijos. “Si hay algún movimiento que me tiene frustrado, ellos se sientan conmigo, encendemos el ordenador y lo buscamos en You Tube. No se paran hasta que no ven que lo domino. Tanto en casa, como en el estadio, ellos son mis mayores fans”.