Los Prieto, una familia unida por el cacao

Los Prieto, una familia unida por el cacao
Daniel Prieto es el creador de Cacao Prieto, una fábrica ubicada en el corazón de Red Hook que produce chocolate amargo -100% orgánico- usando granos cultivados en República Dominicana. En la foto con algunos de sus productos y con una de las máquinas que él mismo inventó.
Foto: Fotos: Silvina Sterin Pensel

Muchos en el vecindario lo tildan de héroe; una suerte de redentor que le cambió la cara a esta zona de Brooklyn donde una enorme construcción en la esquina de las calles Conover y Coffey permaneció abandonada durante 22 años. Es él quien con una mezcla de agallas, confianza en el área y sobre todo en sí mismo, logró que este complejo de edificios de 1846 diera un giro de 180 grados convirtiéndolo en la fábrica de chocolate Cacao Prieto; una de las joyitas de Red Hook. “Siempre me encantó este barrio y no solamente trabajo aquí, vivo en el último piso”, dice Daniel Prieto, el hombre detrás de la idea y de casi todo en esta dulce iniciativa que, –a partir de este fin de semana– abre sus puertas al público en la que será la primera tienda de Cacao Prieto.

Quienes traspasen las altísimas puertas serán recibidos por un profundo perfume a cacao y se encontrarán viviendo en carne propia la experiencia de ensueño de aquellos afortunados que visitaron el reino de Willy Wonka –en cada recoveco posible del lugar hay grandes containers con distintas clases de granos o chocolate fundiéndose en sofisticadas maquinarias o barras aún en estado virgen a las que el Master Chocolatier de la fábrica, Damion Badalamenti intervendrá pronto con frutas y las más variadas nueces.

En marcado contraste con el film de Tim Burton donde el memorable personaje encarnado por Johnny Depp vivía en la más sola de las soledades y añoraba a su padre ausente, Daniel, trabaja todos los días con su papá –el dominicano Juan Prieto– y ha hecho de su emporio una aventura familiar cuyos comienzos pueden rastrearse precisamente en la República Dominicana donde sus antepasados han plantado cacao desde hace más de un siglo.

Durante su infancia, Daniel solía pasar temporadas en aquella tierra que su padre dejó escapando de Rafael Trujillo. Pero sus viajes se fueron haciendo menos frecuentes en su adultez. Fue un impulso el que lo reencontraría con sus orígenes. “Hace ya unos años decidí regresar para ver a una tía mía muy viejita. Quería despedirme de ella y del lugar, pero en realidad fue en ese viaje que me enamoré perdidamente de Nagua, la región donde están nuestras plantaciones”. Allí fue donde se topó con los árboles de cacao. “Me quedé maravillado con los colores de esos granos que crecían, sin mucho orden aparente, por todas partes en el árbol, hasta en su tronco. Es algo increíble, como salido de un libro de cuentos para chicos”, agrega. También allí descubrió que su familia en la isla era sumamente extendida. “Seguían presentándome primos y primas y gente que me recibía con muchísima calidez. Enseguida supe qué iba a hacer cuando regresara a Nueva York”.

En la actualidad Daniel, 42, viaja para allá al menos una vez al mes y se queda durante varios días en los que aprovecha para monitorear las más de 2,000 hectáreas de las que salen los granos de cacao –absolutamente orgánicos– que luego viajaran en barco hasta el puerto de Elizabeth, Nueva Jersey para, desde allí, salir hacia el destino final, la fábrica de Red Hook. “La República Dominicana y Brooklyn son las dos puntas del ovillo”, señala, “y nosotros estamos involucrados de principio a fin. Controlamos todo, desde el grano hasta la barra de chocolate que luego disfruta el público”.

Un poco inventor, un poco científico e intelectualmente inquieto, este hombre de mirada serena pero inquisidora, guarda cierto parecido físico a Steve Jobs cuya biografía está leyendo, y como él, es brillante. “Desde chico me interesó la ciencia y siempre fui hábil con mis manos. A los 12”, cuenta, “me aburría tanto en el colegio que me permitieron ingresar a la Universidad. Fui a la de Long Island, a NYU y al MIT pero no terminé ninguna carrera”. Lo que aprendió le bastó para convertirse en ingeniero aeroespacial y con sólo 42 años ya ha fundado y vendido exitosamente dos compañías cuyos productos –desde focos especiales a paracaídas– son utilizados por agencias como la NASA y los Navy Seals. Acostumbrado a la reacción de asombro que genera en sus interlocutores, Daniel se apura a clarificar que, de alguna forma, estos excéntricos y variados emprendimientos previos no hicieron más que brindarle las herramientas necesarias para poder estar donde se encuentra hoy.

“Todo me ha servido para Cacao Prieto. Si miras las máquinas, todas o las he hecho yo o las he refaccionado”, apunta, mientras señala los aparatos de distintas dimensiones –los hay desde súper pequeños hasta masivos– que se usan para producir el chocolate y para destilar ron, otro de los productos que se elaboran en la fábrica.

Los envoltorios de las barras –piezas de arte en sí mismas ilustradas por una artista local y por su novia colombiana– describen la historia de los Prieto que arranca en España de la mano de su bisabuelo Don Esteban; pero para quien quiera el relato completo aquí está Daniel, en su fábrica, orgulloso de narrarla.