Conversación en La Catedral

La primera vez que me acerqué a Conversación en La Catedral, el magnus opus narrativo de Mario Vargas Llosa, publicado en 1969, fue a finales de los setenta. Yo todavía no cumplía los veinte años. Aquella era la época en la que descubrí la literatura como género existencial y la literatura latinoamericana como una de sus especies. Recuerdo haberme sentido hipnotizado ante tal destreza narrativa, despliegue de personajes y sobreimposición de voces dialogales. Aunque terminé exhausto, aplaudí con admiración. Más de treinta años después, hoy sé una o dos cosas más sobre dos artes, el de la composición y el de la lectura. Por eso regresar al libro ha sido una lección de humildad, por no decir un truco decepcionante. Destreza narrativa sin duda la tiene. Y el despliegue humano es asombroso. Lo que falta es la magia y una pizca de coherencia.

Entiendo que el propósito de esta “novela total”, como lo describe el autor, es el de agotar no solo el tema que le atañe-Perú durante la dictadura de Manuel Arturo Odría, 1948-1956, con Lima como su eje gravitacional-sino al lector que se deja tañer. Vargas Llosa incluye en sus páginas todos los tipos sociales habidos y por haber: los militares, la oligarquía, la clase obrera, los estudiantes universitarios, los medios noticiosos, los políticos, los asuntos exteriores nacionales. Dicho de otra forma, todo cabe en esta novela sabiéndolo acomodar.

O mejor dicho, todo y nada porque el pecado de Conversación en La Catedral es su ambición. Ambrosio y Santiago, un chofer que es un criminal y un activista que viene de una familia adinerada que termina convirtiéndose en reportero periodístico, hablan durante muchas horas y muchas cerezas sobre su pasado compartido en una bar de mala muerte llamado La Catedral. Su encuentro es una excusa para recrear sus propias vivencias y muchas otras que no les pertenecen pero forman parte del mosaico nacional que recrear Vargas Llosa. Todo gira en derredor de una pregunta básica: ¿en qué momento se jodió el Perú?

Un puñado de jóvenes que leyeron conmigo y yo hicimos una tabla de los personajes que desfilan en las varias tramas paralelas de la novela. Al final contamos unos cincuenta que son importantes. Habrá otros cincuenta de menor relevancia. Un problema es precisamente que hay demasiados.

Vargas Llosa ha dicho que si alguno de sus libros sobrevivirá (yo no estoy seguro que alguno lo haga), él querría que fuera éste. Sin embargo, los obstáculos de lectura que éste impone al público son tales que me cuesta trabajo pensar que hay quien se atreve a leerlo por gusto. Eso no quiera decir que la novela carezca de fans. Conozco un comentarista literario que cree que Conversación en La Catedral es el mejor libro peruano del siglo XX. Me parece demasiado generosa la aseveración.

Da la casualidad que una semana antes de sumergirme en esta novela leí otra del mismo autor, La Tía Julia y el escribidor. Pese a que carece de la misma pretensión estética, es-milagro de milagros-mucho mejor. O sea, es ágil, está concebida con deleite y a un tiempo entusiasma e critica la vida cursi de la clase media limeña. Si tuviera que escoger entre los dos, no tendría mayor problema.

Todo lo anterior para decir que ya no somos los lectores que fuimos y que aún nos falta ser los lectores que seremos.