Lo que podemos aprender de Junior Seau

Como admirador de por vida de los Oakland Raiders, yo estaba predispuesto a no hinchar por Junior Seau.

Al menos, eso era cierto en la cancha, donde este apoyador de ascendencia samoana -que fue seleccionado para el Campeonato de Estrellas doce años seguidos- arruinó muchas tardes de domingo volteando a nuestros corredores al piso. Pero fuera de la cancha, cuando uno se enteraba de sus conocidas donaciones a entidades benéficas, de sus intentos por mejorar la vida de los jóvenes mediante becas y mentores, y de crear un espíritu comunitario en su ciudad, era imposible no hinchar por él.

La Junior Seau Foundation, que él estableció en 1992, contribuyó con más de 4 millones de dólares a programas para beneficio de niños y adultos jóvenes.

Cuando me mudé a San Diego en 2005, enseguida me enteré de dos cosas sobre Seau. Una fue que, sin importar el uniforme que él usara en ese momento (jugó en tres equipos en el curso de dos décadas), siempre sería un Charger de San Diego. Y la otra fue que Seau era una persona especial, una figura legendaria querida y admirada por legiones de aficionados, que no tenían nada que ver con el fútbol americano.

Ahora Seau ya no está con nosotros. Una enorme tristeza ha invadido esta ciudad mientras su familia, amigos y aficionados tratan de comprender cómo una persona tan amada por tantos podía sentirse tan sola para atentar contra su propia vida. Cuando ocurren tragedias como ésta, la gente se pregunta: “¿Por qué?” Pero en este caso, debido al trabajo que Seau desempeñó durante 20 años, esas preguntas se han centrado en algo de lo que aún sabemos muy poco: los efectos de las lesiones en la cabeza recibidas en el fútbol americano y la posibilidad de que los jugadores puedan sufrir consecuencias cerebrales a largo plazo por los golpes.

Más de 1.500 ex jugadores han demandado a la Liga Nacional de Fútbol Americano por lesiones craneales. Los jugadores insisten en que la organización ha tardado mucho en reconocer los daños a largo plazo de dichas lesiones y que ha sido negligente al no advertir a los jugadores sobre los riesgos involucrados. De hecho, la misma semana en que Seau murió, 100 jugadores presentaron una demanda similar ante un tribunal federal en Atlanta.

Y aunque Seau no era conocido por haber tenido un número inusitado de conmociones cerebrales cuando jugaba, es difícil imaginar que durante 20 años de actividad en la cancha no hubiera sufrido su cuota de lesiones en la cabeza.

La familia de Seau está tratando de decidir si va a permitir que investigadores estudien su cerebro para identificar indicios de lesiones. Inicialmente, dijeron que iban a consultar con ancianos de la comunidad samoana, para asegurarse de hacer lo correcto.

Esperemos que la familia se avenga a las investigaciones. Desde que se informó que Seau se había pegado un tiro en el pecho y no en la cabeza, ha habido versiones de que su elección fue deliberada y que Seau quería que se preservara su cerebro para la ciencia.

Debemos aprender de tragedias como ésta -y no sólo desde un punto de vista clínico.

Ha habido muchos homenajes para Seau en estos días en la zona de San Diego, desde cruces de piedra en la arena, frente a su casa de la playa, hasta 55 segundos de silencio en reconocimiento del número que usaba Seau en la cancha. Son valiosos gestos. Pero si queremos realmente honrar a Junior Seau y a otros como él, debemos ir más allá. Debemos hallar lo que los atormenta -y hacer algo para pararlo.