¿Orgullo o maltrato boricua?

¿Por qué llevar menores a este desfile es importante?

¿Orgullo o maltrato boricua?
Si se agotan en la escuela, cuanto más no se van a cansar un domingo viendo carrozas pasarles por el frente, con música que en ocasiones les es ajena y viendo como otra gente acelera autos, sin ellos entender las razones.
Foto: Picoymuerdo

A dos días de la histórica Parada Puertorriqueña espero que los ánimos estén más calmados para plantear lo siguiente: Llevar los niños a un evento como ese, es ¿orgullo o maltrato boricua?

Si es imperativo para los boricuas llevar a sus hijos de 5 ó 6 años y hasta menores al evento, entonces invito al personal de la Agencia de Protección Infantil para que el año próximo asistan con camionetas listas para remover custodias y trasladar a decenas de niños que son maltratados durante la celebración.

Mientras en la televisión y los periódicos se ve y se lee de cómo gozan los puertorriqueños con la salsa, la bomba, la plena y todo lo que “refuerza” su identidad, la historia que permanece oculta es la de los menores sentados en la calle caliente, en algunos casos sin acceso a agua, comida, o los baños, porque si el adulto que está con ellos se sale del espacio que ya escogió después lo pierde y no recibe los collaritos plásticos, abanicos y las tshirts que regalan durante el desfile.

Con el paso de las horas y la falta de entretenimiento constante para los menores, ocurre lo predecible: Que los muchachos empiezan a dar candela y el adulto pierde el control. Nadie me lo contó. En varias ocasiones vi como, a mano pelá, les daban cantazos a los menores en las cabezas ya lastimadas por la exposición al sol durante tantas horas.

En particular, botó el bate y la bola una mamá que con un “outfit” bien patriótico llegó al evento junto a sus tres criaturas, de menos de 5 años. Y a uno de ellos le dio con correr por área. Quienes estábamos cerca, pensamos que el niño estaba perdido y yo hasta me arrastré para alcanzarlo y llevarlo a la Policía. Ajá, pero la madre se me adelantó. Parece que de repente se dio cuenta de que le faltaba un muchacho y salió a buscarlo. Al verlo, lo menos que le dio fue alegría. En un ataque, me imagino, de nostalgia, se transformó en el difunto maestro Tito Puente y le pegó al niño como si fuera un timbal.

Me imagino que ese niño recordará toda la vida ese instante, en el cual se sintió “boricua, pa’ que tú lo sepas”.

Ah, me imagino que eso es parte del orgullo.