La redención de los Estados Unidos y de todas las Américas

La vida es un viaje. Mi vida personal me llevado desde mi pueblo, rumbo al norte, a los Estados Unidos. Ahí me sucedió algo muy especial: Tuve un hijo, y eso transformó todo. La lucha para quedar unida con él me despertó el reconocimiento el sufrir de las familias que se encuentran obligadas a separarse, al igual que las fuerzas que causan aquel sufrimiento. Muchas personas me apoyaron en mis luchas, y la solidaridad que me brindaron me abrió los ojos a la necesidad de integrarme en la lucha a favor de la justicia. Pero yo se que todo comenzó cuando me nació mi hijo.

Todos los días podemos ver la inhumanidad y crueldad que la gente común y corriente se inflige mutualmente. Entre los migrantes que tanto sufren a manos de varios sectores en mi país, México en su peregrinaje hacia el norte, encuentro por ejemplo una mujer separada de su familia porque a su esposo “le conviene”, y también encuentro hombres jóvenes con armas de fuego, que tratan con una crueldad increíble, a mujeres y niños que consideran su presa.

Con mis ojos ya bien abiertos y despiertos puedo ver las fuerzas de la codicia que obligan a la gente que viajen a países ajenos para buscar trabajo. Con ojos despiertos puedo ver el racismo de las personas en los Estados Unidos que temen que su país se está volviendo negro y “color café” y han desencadenado las temibles olas de deportaciones que siguen separando los hijos de sus padres.

Con ojos bien, bien abiertos puedo descifrar las fuerzas que están detrás de la violencia que ha quitado la vida a 60,000 personas en México desde 2009 miles más en las calles de los Estados Unidos. Puedo ver los 20 millones de personas en los Estados Unidos que regularmente compran la droga y así proveen el mercado para la economía de narcotráfico en toda America Latina. Puedo ver las empresas armamentistas que producen armas de sobra y los reparten tan fácilmente a los hombres jóvenes que se encuentran atrapados en tal economía infrahumana, porque no hallan otro tipo de empleo.

¿Qué nos puede sacar de la situación de ser títeres impulsados a este trato mutuo tan cruel e inhumano, por fuerzas que ni siquiera entendemos? Puedo sacar conclusiones no más de mi experiencia propia y de mijo hijo que es mi mejor amigo.

Nuestros hijos constituyen un don de Dios. Cuando envió a Abraham, Isaac y luego Jacobo a un país ajeno en tiempos de hambruna, les dijo “Váyanse, porque allí les haré fructuosos para que se multipliquen. Les convertiré en un gran pueblo, tanto como las estrellas en el cielo”. Yo sí creo que por medio de nuestros hijos, los hijos del sol con sus ojos castaños, se logrará la redención de los Estados Unidos y de todas las Américas. También creo que aquella redención y salvación de la inhumanidad mutua se va a encontrar en los ojos de nuestros hijos.

De modo que ahora les imploro a los hombres jóvenes tanto en los Estados Unidos como en México, atrapados en la violencia de la economía de la droga, que les miren a sus hijos en los ojos y de sus hermanitos y hermanitas, sobrinas y sobrinos. Les imploro hoy a los esposos que han abandonado a sus esposas e hijos dejándolos prácticamente sin nada que comer, que miren a sus hijos en los ojos.

Dios no quiere que maten. Dios no quiere que abandonen sus familias. Lo que Dios quiere es que luchen por sus hijos. Hay que protegerlos de las fuerzas de codicia y racismo que tanto dolor ha causado a todos nosotros.

Aquellas fuerzas y aquellos hombres muy ricos que las manipulan, pretenden quitarles su humanidad. ¡No lo permiten! Los niños han sido enviados para redimirnos. Para ellos deseamos que todo se mejore. Su risa y su llanto nos despiertan, como también sus preguntas que jamás parecen terminar. Los niños nos dan la habilidad de ver.

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