En las olimpiadas le voy a los atletas americanos

Poco después que sonara el pitazo final del juego por la medalla de oro en las Olimpiadas de Londres en las que el equipo de México venciera al de Brasil, mandé un Twitter a todos mis amigos mexicanos diciéndoles “Viva México”. En pocos minutos me di cuenta que la mayoría de mis amigos de origen mexicano viven en Estados Unidos y muchos tienen doble nacionalidad. Ellos tienen la dicha de tener dos patrias y tener su corazoncito mexicano muy a flor de piel.

Ellos sí son méxicoamericanos y pueden decir con orgullo que son mexicanos y estadounidenses. Ellos viajan de EE.UU. a México con frecuencia y se pueden dar el lujo de irle al equipo mexicano aun cuando juega con Estados Unidos.

No los culpo. Tampoco culpo a los puertorriqueños que aunque al nacer son ciudadanos estadounidenses pero tienen un equipo olímpico propio. Pero divago, eso lo puedo explicar en otra columna.

Lo cierto es que colombianos en este país aplauden a los atletas del país de donde nacieron. Lo mismo hacen los brasileros y los argentinos. No estoy seguro de los venezolanos. Ellos tienen un problema parecido al de los cubanos.

Hace poco vi en las redes sociales un comentario de una persona que proclamaba que él no era hispano; que él era estadounidense de descendencia cubana. Eso es algo parecido a mi sentir.

Mis aplausos van en forma cerrada a los equipos y atletas estadounidenses. No me importa si son mujeres u hombres; blancos o negros; nacidos en Estados Unidos o nacionalizados. En los deportes y tengo una sola nacionalidad – la estadounidense.

Eso no quiere decir que no me toque el corazón ver que atletas nacidos en Cuba como el nadador Ryan Lochte y el gimnasta Danell Leyva ganar medallas para Estados Unidos. Me gusta que a Lochte le gusten las croquetas y el picadillo que le hace su abuelita de 92 años; y que Leyva llegara a este país a muy corta edad.

Pero yo le voy y siempre le he ido al equipo de Estados Unidos. Ni siquiera sé el nombre de los atletas cubanos en estas Olimpiadas. Mi posición es muy clara, en los deportes cuando jueguen Cuba y Estados Unidos siempre le voy a los estadounidenses.

Esa ha sido mi sentir por décadas. Aun cuando Cuba tenía grandes boxeadores y corredores, siempre les iba en contra; quería que los americanos le ganaran.

En parte, todo esto se debe a que fui a un colegio en Cuba donde nos enseñaron a querer a Cuba y a Estados Unidos. Podíamos aplaudir a uno sin menospreciar al otro. Pero eso fue antes de que Fidel Castro tomara el poder. Hoy los atletas de la isla no representan la Cuba en la que yo nací. Ellos representan a la revolución que ha ejecutado a cientos de cubanos, encarcelados a miles y visto como cerca del 20% de la población de la isla ha tenido que irse de la patria en donde nacieron.

Por otra parte Estados Unidos nos abrió los brazos y ha permitido que cientos de miles de cubanos vivan en libertad en este país y que hayan podido crecer y prosperar en el mismo.

Jamás pude aplaudir al corredor Alberto Juantorena o al boxeador Teofilo Stevenson. Ellos son la nueva clase en Cuba; los privilegiados que al llegar a la isla le brindaban sus medallas a Castro sin importarle los que allí no pueden siquiera respirar aires de libertad.

Mientras en Estados Unidos políticos republicanos y demócratas siempre nos han tendido una mano. Lo han venido haciendo por más de 50 años y el éxito que la comunidad ha tenido se debe a nuestro trabajo y a las oportunidades que nos brindo este país.

Todo esto pasó por mi mente durante las Olimpiadas. La Cuba donde yo nací ya no existe y la de hoy no es mi patria.

Yo soy americano, o mejor dicho estadounidense, que llegué a este país a los 19 años de edad. Sí, nací en Cuba, pero me siento orgulloso de ser estadounidense y tener dos hijos y cuatro nietas que sienten lo mismo que yo.

Por eso es que siempre le voy al equipo de Estados Unidos: mi equipo.