A mi querido Williamsburg

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Hoy me encuentro en otra ciudad, todavía pensando en tí. El bullicio de tus calles era mi canción de cuna. Los toldos de tus bodegas me hablaban en español, con invitaciones a comprar soda Coco Rico. En tus esquinas fluía la cerveza, acompañada por el balbuceo del dominó. De vez en cuando, un tiroteo. Luego, tus sirenas. Por lo menos nuestros bolsillos cabían en tus negocios y viviendas -aunque con brega. Entendíamos que algunas líneas estaban demarcadas para nosotros.

Ultimamente, te encuentro raro. Claro, te ves bien, luciendo tiendas de lujo y malecones y bistros. Te teñiste el pelo de rubio y azul. Te rozas con aspirantes a la fama. Aprendiste a hablar el francés y otros idiomas que no entiendo. Para bailar contigo requiero claves y zapatos de marca.

Sin embargo, con toda tu gentrificación, en tus costuras apenas noto lo que eras cuando éramos: la rata que escurre las orillas del jardín en aquel nuevo bar en Broadway; la loca que embosca a mi hija en plena calle; las jeringas de heroína que decoran tus aceras.

Entiendo que el progreso es un balance delicado. Entiendo que el cambio es necesario, lo que le da el sazón a esta ciudad. Nada en la vida se queda igual. Yo misma no soy la misma de ayer. También me he pulido un poco: tengo vinos favoritos, no aguanto demasiada bulla. Admito admirar algunas de tus nuevas joyas, y hasta alardeo que me criaste. Pero hasta en la naturaleza el crecimiento sin control se categoriza como enfermedad.

Cuando veo que un pedazo tuyo se vende por dos millones, tengo que cuestionar el juicio de lo que algunos llaman ‘el aumento en valor’. Y no eres el único vecindario en Nueva York que sigue alzando la nariz -pienso en Harlem, en El Barrio, en Loisaida… ¿Dónde iremos los de narices chatas?

Mientras tanto, sigo amándote. Sueño con un día permitirme el lujo de una vivienda (dos cuartos de dormir, siquiera) en tu corazón.