José ChávezUn patriarca que vive con el corazón entre dos tierras

José ChávezUn patriarca que vive con el corazón entre dos tierras
José Chávez y su esposa Magdalena emigraron a mediados de los años 80 desde El Salvador. Luego se sumaron sus dos hijos y ahora ya piensan en retirarse.
Foto: Fotos Cortesia

Don José asegura que acá, en Nueva York, solo tiene un pantalón… el resto los tiene en El Salvador… no le gusta cargar cosas, dice. El patriarca de la familia Chávez está próximo a retirarse, pero no ha decidido si regresará o si se quedará. Mientras tanto ve crecer su familia y sigue atendiendo a su clientela.

José Chávez recién cumplió 71 años. Se ufana de su buena salud, aunque de vez en cuando se le sube la presión arterial, dice, especialmente cuando atestigua injusticias.

Recuerda como si hubiera sido ayer, hace 27 años, cuando decidió dejar El Salvador y emprender un viaje hacia “el norte”. Confiaba en que su experiencia como mecánico automotriz y de aviones y como conductor del transporte público le serviría para darle un mejor sustento a su esposa Magdalena y sus dos hijos, Patricia y Boris.

Le había prometido a Patricia hacerle la mejor fiesta de 15 años que pudiera haber imaginado. Así que la mañana del 28 de diciembre de 1985 se montó a un bus, sin guía y sin “coyote” al que creía su nuevo hogar: Houston, Texas.

Cinco días después llegó a Matamoros; estuvo por algún tiempo en Houston pero no le gustó lo suficiente para que allí viviera su familia, así que agarró un avión hacia Nueva York, sin conocer a nadie. Le pidió a un taxista que le ayudar a averiguar dónde había una sede de Alcohólicos Anónimos ya que, aunque él no bebía, sabía que ellos podrían ayudarle. Así, llegó a Hempstead.

Al principio fue muy difícil, recuerda, sentado en la sala de la casa de su hija. Aunque había ofertas de trabajo como mecánico no tenía herramientas. Al fin un dominicano le confió su equipo y pudo empezar a ganarse la vida.

Cuando José pudo arreglar su situación migratoria con el patrocinio de la empresa donde ha trabajado prácticamente tres décadas, decidieron que su esposa viajara primero, y los padres de ella quedaran a cargo de Patricia y de Boris, en ese entonces de 10 y 8 años, respectivamente.

En 1990 pudieron realizar el sueño de la Fiesta Rosa de Patricia. Dos años después, los jóvenes pudieron reunirse finalmente con sus padres, con toda su documentación en regla.

José y Magdalena han sido testigos de la transformación de Long Island, especialmente de Hempstead y Freeport, donde han vivido. Hace tres décadas los únicos hispanos eran cubanos y puertorriqueños.

“Antes deseábamos los frijolitos y las tortillas”, cuenta ella. Ahora, la población salvadoreña ha eclipsado a la boricua: según datos del Censo más reciente, para 2011, los salvadoreños sumaban 99,495 y los boricuas 88,514.

El crecimiento de la población salvadoreña es tan evidente que desde 1998 se creó un consulado en Garden City, en el condado de Nassau. En el condado de Suffolk, en Brentwood, funciona desde 2000. No obstante, el corazón de la comunidad es Hempstead, donde cada año se celebra el Día del Salvadoreño-Americano.

Magdalena ha trabajado limpiando casas durante más de 20 años. Recuerda que un día llevó a su hija a donde una de sus patronas, y ésta le dio un consejo: “No la traigas más. Si no ella terminará haciendo lo mismo”. Magdalena entendió la dimensión del mensaje.

“Gracias a Dios”, responde, eso se hizo realidad: Patricia no sólo es profesional sino que es la primera salvadoreña en ocupar un cargo público en Hempstead. Patricia, quien funge como titular del Department of the Village Clerk desde hace más de un año, está casada con el guatemalteco Alvaro Pérez y tiene dos hijos.

Magdalena considera que es importante preservar en sus nietos (su hijo Boris tiene dos niñas y un niño) el conocimiento y aprecio por la cultura y las costumbres como las religiosas (celebración del Divino Salvador del Mundo en agosto) y la Independencia tanto de Guatemala como de El Salvador.

José y Magdalena tienen un “conflicto” respecto a su jubilación. Quisieran pasar el resto de sus días en El Salvador; pero están conscientes que allá no podrán gozar de los beneficios médicos y sociales por los que han trabajado aquí.