Los Reyes, exiliados de la injusticia

Seis de los 36 miembros de una misma familia han sido asesinados en México

ALBUQUERQUE, Nuevo México – Saúl rompió con su exilio en Estados Unidos la maldición que caía sobre los Reyes: el que identificaba en la morgue el cadáver del hermano asesinado era la siguiente víctima. Así cayeron seis: Julio César, Josefina, Rubén, Elías, Luisa y Magdalena en el municipio de Guadalupe, Chihuahua.

Aquí estoy para seguir adelante- dice.

Este hombre de 42 años, panadero, lector voraz y autodidacta, es el primer miembro de una familia de 36 hombres, mujeres y niños que cruzó la frontera a quien el gobierno norteamericano le concedió hace poco el asilo político.

Ahora intenta rehacer su vida para olvidar. Trabaja en la panadería de un centro comercial, hace lo que le gusta, pero extraña a México. Su país es hoy una bandera tricolor que colocó en la esquina más visible del minúsculo departamento de alquiler donde apenas caben Saúl, su esposa Gloria, sus tres hijos, y Sara, la matriarca de los Reyes.

Hasta marzo de 2008, los Reyes estaban muy orgullosos de su trabajo como activistas sociales. Josefina encabezaba una lucha contra los feminicidios en Ciudad Juárez y junto con los varones impulsaba la democratización de su municipio en una aguda campaña contra el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que finalmente fue derrocado en 2004 después décadas en el poder.

“El problema fue cuando llegó el Ejército a Guadalupe: parecía como si los soldados abrieran el camino al cártel de Sinaloa”, recuerda Saúl quien en esa época, junto con sus hermanos, eran los panaderos más cotizados del pueblo de 3,000 habitantes: surtían sus productos a 40 tiendas; pero días después del arribo militar sólo quedaron nueve comercios abiertos.

Ángel y Jorge Reyes (hijos de la fallecida Magdalena), quienes en ese tiempo tenían 17 y 23 años, señalan la llegada de los militares como el arranque del infierno en vida.

Describen que los soldados metían a las casas, aprehendían sin orden de cateo, robaban equipos electrónicos y en los días de quincena. Muchos jóvenes desaparecieron y nunca más se les volvió a ver o regresaban golpeados; otros huyeron.

Después de rodar por casi todo el país –intentaron junto con Saúl vivir en Distrito Federal, Guanajuato y Chihuahua- hoy se esconden en un condominio ordenado, con olor a pino y una alfombra impecable.

Por esas fechas el Ejército detuvo a Miguel Ángel Reyes, hijo de Josefina. Fue acusado de ser parte del grupo de sicarios del Cártel de Juárez, “La Línea”.

“Si alguien de la familia tiene una deuda con la justicia debe pagarla, pero es justo que tenga un juicio y se le compruebe o no el cargo y no nada más tenerlo encerrado”, defiende Saúl.

Por el encarcelamiento de Miguel Ángel, Josefina, la madre, montó plantones de protesta contra el Ejército por “arbitrario”. A partir de ese momento la estela de muerte que siguió a los Reyes es historia: en noviembre de 2008 cayó Julio; Josefina, en enero de 2010; Rubén, siete meses después y Elías, Luisa y Magdalena en febrero de 2011.

Cada vez que uno moría, el resto protestaba. Los últimos tres fueron secuestrados, ejecutados, enterrados, desenterrados y tirados en estado de descomposición en una carretera, dos días después de que la familia instaló un campamento en las afueras del Senado de la República en la Ciudad de México para clamar justicia.

Saúl cree todavía que el Estado es culpable de su desgracia. “Al menos por omisión”, opina. Su vista se detiene en un reconocimiento que le otorgó en el pleno el Senado de EEUU, un país del que renegó durante años como todo militante de izquierdas, pero hoy se desdice, corrige.

“Por decir lo que pienso, en Estados Unidos me aplaude en el Congreso; por decir lo que pienso en México mi vida corre peligro”.

?>