Parado y requisado

Para un joven latino como yo, ser parado, interrogado y requisado por la Policía ocurre con demasiada frecuencia. Constantemente escuchamos acerca de las cifras detrás de parar y requisar, pero por cada parada hay una historia. Aquí está la mía, la historia de un niño de 13 años detenido por primera vez e intimidado hasta el llanto.

Era temprano en la noche, y yo acababa de terminar de jugar baloncesto con mi hermana y el novio. Después de que terminamos el juego, decidimos subir a la azotea de mi edificio para recibir un poco de aire fresco. Mientras estábamos allí, se me cayó el balón y rodó hacia la puerta de salida.

Cuando fui a recogerlo, se abrió la puerta de salida había dos oficiales encargados de la azotea, un oficial me apuntó con un arma en la mano.

El oficial que tenía el arma estaba siendo extremadamente ruidoso y agresivo. Su actitud y la mirada triste en la cara de mi hermana me hicieron llorar. Nunca antes me había ocurrido nada como eso. Cuando me puse a llorar, el oficial me dijo “cállate”.

Cuando dejé de llorar, los oficiales nos rodearon y comenzaron a requisarnos. Al no encontrar nada, le dijeron a mi hermana que tenía que llevarlos a nuestro apartamento para hablar con mi mamá.

Cuando llegamos a nuestra puerta, el mismo oficial que había sido agresivo dijo que si alguien que no fuera mi mamá abría la puerta, nos llevaría a la comisaría.

Finalmente, mi hermana tocó la puerta y abrió mi mamá. Cuando mi madre le dijo que todos vivíamos allí, el oficial sacó su libreta y nos dio una multa a cada uno por entrar sin autorización.

Esta práctica de parar, requisar e intimidar niños me enfurece de veras. Soy un chico que sigue las reglas. Pero nada de eso importa porque soy joven y latino.

La ciudad de Nueva York necesita un verdadero cambio y un sistema que responsabilice a la Policía.