Las Farc no representan al pueblo

Como el desahuciado que recibe oxígeno y revive, las Farc, el grupo más antiguo de la guerrilla colombiana, se ha levantado de la cama de enfermo para obtener el trato al cual muchos creen no tiene derecho.

El gobierno y los ciudadanos colombianos están siendo demasiado generosos con estos rebeldes que en algún momento de su historia confundieron sus ideales y la defensa del pueblo con el crimen. Ahora gozan de la suerte de tomar otro aliento.

El pantallazo internacional que las Farc se están dando, les permite volver a estar en el foco de atención, terreno que perdieron en los últimos 10 años, desde que malograron el proceso de paz en el gobierno de Andrés Pastrana y continuaron secuestrando, narcotraficando y haciendo actos terroristas.

Las desacertadas decisiones de los comandantes los llevaron a ir perdiendo terreno militar y político hasta el punto de ser acorralados y tener que agazaparse en países como Ecuador y Venezuela, este último, escondite perfecto por la anuencia del dictador Hugo Chávez.

Muchos tienen miedo de dar esta nueva oportunidad a los insurgentes comunistas, porque ellos en el pasado han mentido y engañado al Estado pero, recordemos que fueron los enemigos de la paz que siembran violencia como una estrategia que esconde intereses codiciosos, quienes tampoco han permitido llegar a un acuerdo. Prolongar la guerra les representa ganancias a los dos bandos.

Sabiendo que hay enemigos, los colombianos tienen que mirar con lupa este proceso. Pero, más que desconfiar, deben vigilar las pláticas y los eventuales acuerdos, para que no se cometan injusticias, dejando cabos sueltos que pudieran revivir odios en una sociedad herida.

Los comandantes están obligados a confesar delitos y a aceptar castigos. El perdón y olvido se ha intentado en otros procesos y ha fracasado porque los resentimientos, de parte y parte, no sanan con palabras ni promesas y, peor aún, con espíritus sedientos de venganza.

Otro cabo suelto que no se puede dejar es el narcotráfico. Las Farc no nos engañan negando su complicidad en el negocio de la cocaína y la heroína, porque hay evidencias de sus tratos con carteles colombianos y mexicanos. Si se cierran a la banda sobre este tema, Colombia no ganará y más grave sería que pretendieran heredarlo a otras manos (o a las mismas, camuflándose).

Desconfiar del enemigo es inevitable, pero hay que darle oportunidad a la paz. Los voceros deben poner sobre la mesa las exigencias claras y precisas, sin caprichos. Para las Farc ¿qué garantía hay de que la mano negra no vuelva a torpedear el diálogo? Para la sociedad ¿quién asegura la justicia y el castigo a quienes han hecho tanto daño como secuestrar, asesinar y destruir las vidas de miles de familias colombianas?

Las Farc sorprendieron en el primer encuentro al destapar un vocero oculto, Iván Márquez, un rebelde radical y guerrerista que se ha opuesto a ceder en el pasado, quien comenzó beligerante diciendo que “Sin justicia social la paz será una quimera”. Sí, eso es cierto, pero, repito, las Farc tienen que darle la cara a las víctimas. Márquez pareciera sólo ver las culpas ajenas: “El que se debe someter a un marco jurídico para responder por delitos atroces es el Estado”, dijo.

Ellos deben recordar que no representan al pueblo sino a un grupo de bandoleros que asumieron su defensa sin pedírselo a través del terrorismo y el crimen.

Que no dilaten, que no usen la demagogia, que no crean que los colombianos seremos de nuevo rehenes de su intransigencia, porque ésta negociación en Oslo, Noruega y posteriormente en La Habana, Cuba, podría ser la última oportunidad de las Farc. El gobierno y los jefes bandoleros tienen el deber de levantarse con un acuerdo y ponerle fin al conflicto armado de más de 50 años, que ha dejado miles de víctimas.