El baldazo de realidad de Romney

Existe un tipo de guerra en curso en EE.UU. hoy en día entre realidad y fantasía. La reelección del presidente Barack Obama marcó una victoria, limitada pero inconfundible, a favor de la causa de la realidad.

Los acontecimientos en los días previos a la elección presidencial ofrecieron una clara ilustración de la contienda. Entre los altos colaboradores de Mitt Romney, se generó la idea de que estaba en la cúspide de la victoria.

Pero querer que eso fuera verdad no bastó para que lo convirtieran en realidad. En la noche de la elección, cuando los canales de televisión proyectaban la derrota de Romney en Ohio y la reelección de Barack Obama, el equipo de campaña de Romney, en un acto más de negación, se negó a aceptar el resultado. Transcurrió una hora muy incómoda antes de que Romney aceptara la realidad.

La misma indiferencia por la realidad ha sido el sello no sólo de la campaña sino de todo el Partido Republicano en los últimos tiempos. Cuando la Oficina de Estadísticas Laborales emitió un informe en octubre donde se revelaba que la tasa de desempleo nacional se había mantenido “sin cambios”, los republicanos intentaron desacreditar a la Oficina.

Esta negación a aceptar cuestiones fácticas refleja un patrón aún más amplio. El Partido Republicano se ha tomado licencia para vivir una realidad alternativa -un mundo en el que George W. Bush efectivamente encontró las armas de destrucción masiva que creía estaban en Irak; los recortes impositivos eliminan los déficits presupuestarios; Obama nació en Kenia; y el calentamiento global es una mentira.

De todas las creencias irreales de los republicanos, su negación absoluta del cambio climático fue, con certeza, la que tuvo más consecuencias.

Hubo una secuela asombrosa. Ocho semanas después, el huracán Sandy azotó las costas de Nueva Jersey y de la ciudad de Nueva York.

El mundo político estadounidense había ignorado realidades enormes y ominosas. La tierra habló.