Imparten justicia…sin mucho drama

Juristas hispanos imponen respeto en sus tribunales aunque no es tarea fácil

Nueva York — Cuando se habla de jueces, inmediatamente se piensa en magistrados con discursos agresivos, bruscos o que parecen no tener piedad. Programas de televisión como Judge Judy y el de la doctora Ana María Polo han contribuido a extender esa idea.

Encontrar a jueces latinos de similar perfil en Nueva York, sin embargo, no es tarea fácil, según la opinión de expertos.

Para la juez Lizbeth González, de la Corte Civil de El Bronx, esa imagen tan popular que se tiene de los jueces está casi obsoleta.

“En la vida real, los jueces son muy distintos a aquellos que vemos en televisión, ya que los jueces no gritan o ponen nombres”, explica González.

Según ella, los jueces que son catalogados como estrictos, son calificados así por los que se han visto perjudicados por sus decisiones.

“Una de las partes nunca estará de acuerdo con el veredicto de un juez, pero lo importante es que a todo el mundo se le dé el chance de ser escuchados”, añade la magistrada, quien es también la presidenta de la Asociación de Magistrados de Origen Hispano.

El juez dominicano Manuel Méndez, quien trabajó como abogado por varios años antes de servir en la Corte Civil de Manhattan, dice que nunca le tocaron magistrados de carácter tan difícil como aquellos vistos en televisión. “

“Lamentablemente esos son shows de contenido dramático”, dice Méndez. “La gente se aburriría de vernos en televisión porque en realidad no tenemos tanto drama”.

Méndez si admite que, en algunos casos penales se ven jueces de carácter fuerte, según él para “amedrentar al acusado”.

Algunos jueces, más que para amedrentar, tienen que sacar su carácter para imponer respeto porque están al frente de una corte especial que así lo requiere. Ese el caso del puertorriqueño Eduardo Padró, juez de la Corte para Crímenes Juveniles de Manhattan, que tiene que lidiar todo el tiempo con pandilleros adolescentes acostumbrados a no guardar consideración por nada.

Padró acumuló titulares el año pasado por obligar a todos los acusados que se presentaban con los pantalones caídos y enseñando la ropa interior a subírselos. Su cruzada contra esta moda juvenil le llevó a poner carteles por su juzgado en los que se lee “súbase los pantalones”.

Otro juez que se preocupa por mantener cierta etiqueta en la corte es el cubano Fernando Camacho.

Camacho es uno de los principales magistrados de la Corte Criminal de Queens, y cuando se entra en su juzgado lo primero que se ve es un cartel que prohíbe la entrada con camisetas sin mangas o que dejen al descubierto la cintura o el abdomen, así como llevar pantalones cortos. Son requerimientos parecidos a los que se encuentran a la entrada de iglesias o templos religiosos.

No es de extrañar, sin embargo, que Camacho intente imponer cierta disciplina cuando se observa el calendario de su juzgado en un día cualquiera. Por lo general, tiene que lidiar con más de 40 casos a lo largo de una sola jornada, en los que muchos están acusados de asesinato o tráfico de drogas.

En 2008, su casa familiar llegó a ser tiroteada una madrugada en la que afortunadamente él y su familia se encontraban fuera. También, presidió una corte especial que trataba casos de prostitutas adolescentes para ayudar a reinsertarlas en la vida normal.

Los bancos de la sala TAP-A de la Corte de Queens, el juzgado que ocupa actualmente Camacho, se pueden encontrar abarrotados por las mañanas.

Se ven familiares de los acusados de todas las razas y colores, así como a abogados y también gente que espera su turno para acercarse a pagar una multa o pasar una sesión de control de su libertad condicional.

Personas con apellidos como Simpson, Guerrero o Zheng desfilan ante el estrado del juez Camacho, quien asesora cada caso unos minutos, normalmente no más de diez, y da paso al siguiente.

A veces los acusados no pasan de los veinte años.

Para uno de ellos, un muchacho de raza negra que aparentaba 20 años y que no dejaba de temblar, el juez Camacho le leyó la sentencia que le conminaba a pasar dos años y medio en la cárcel estatal. Justo cuando los policías se lo estaban llevando, el magistrado lo volvió a mirar y dijo “pónganlo bajo vigilancia de suicidio”.

Todo esto se desarrolló en espacio de dos minutos. Son las labores de un juez administrativo de lo criminal.

Juan Matossian contribuyó a este artículo

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