A mí qué me importa

Cuando los nazis vinieron por los comunistas / me quedé callado; / yo no era comunista. / Cuando encerraron a los socialdemócratas / permanecí en silencio; / yo no era socialdemócrata. / Cuando llegaron por los sindicalistas / no dije nada; / yo no era sindicalista. / Cuando vinieron por los judíos / No pronuncié palabra; / yo no era judío. / Cuando vinieron por mí / no quedaba nadie para decir algo

Aún no se ponen de acuerdo los historiadores si el autor de estas palabras lo es Bertold Brecht o el pastor luterano alemán Martin Niemöller. Da igual el autor. Las palabras reflejan perfectamente lo que estamos viviendo en nuestra sociedad tecnificada, globalizada y reducida a una aldea. No nos importan gran cosa las personas. Lo más nos conmocionamos por unas horas o días cuando escuchamos ciertas noticias

En fechas recientes los centros de poder de Washington, y con ellos toda la sociedad, se sintieron avergonzados cuando se supo que, en el pasado año, 26,000 miembros de las fuerzas armadas fueron acosados y violados sexualmente, esto es, un promedio de 71 diarios. Nuestros mejores hombres y mujeres que, generosamente entregan sus vidas por la defensa de las libertades y la democracia, deben defenderse de sus propios compañeros y superiores. Los testimonios de víctimas que se han conocido avergüenzan a cualquiera. Pero como no somos miembros de las fuerzas armadas…

En los Estados Unidos se producen 30,000 suicidios anuales, de los cuales hay un promedio de 80 diarios, entre los cuales 20 son veteranos de las fuerzas armadas. Los niveles más altos de personas que se quitan la vida se dan entre los nativos de Alaska. Los menores entre los hispanos. Quizás por eso no nos preocupamos de esta enfermedad social. No va con nosotros.

Durante diez años un hispano tuvo retenidas en su casa a tres mujeres, dos adolescentes y una adulta en el momento del secuestro. Las vejó, violó y degradó a niveles inimaginables. Una de ellas tuvo que dar a luz en una piscina hinchable dentro de la casa en la navidad de 2006. Otra quedó embarazada al menos cinco veces y fue obligada a abortar otras tantas a base de golpes. Ahora que conocemos la historia nos horrorizamos, y la seguimos por los medios de comunicación por unos días. En pocas semanas otros horrores ocuparán su lugar. No nos preocupamos mucho, no son de nuestra familia esas niñas/mujeres destrozadas para siempre. Es difícil de entender cómo los vecinos no se dieran cuenta de lo que ocurría. Según relatos, el operador del 911 que recibió el primer llamado de auxilio trató a la víctima de mala manera.

Tratamos con indiferencia, o desprecio, a las personas que viven cerca de nosotros. Sin embargo no tenemos reparo en cuidar nuestro perro, gato, pez, conejo, caballo o cualquier otro animal de compañía que no sea humano. Mientras tiramos y abandonamos a nuestros ancianos, enfermos de Alzheimer, dementes, en manos de las instituciones estatales, no tenemos reparo en esclavizarnos con una mascota. Vamos por la calle detrás de nuestros perros recogiendo sus excrementos. Nos gastamos algo más de 55 billones de dólares anualmente en sus mantenimientos.

A nuestras madres, un día al año, un ramo de flores, con suerte una visita con comida incluida. A nuestros padres, con una llamada de teléfono basta.

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