Guatemala y la memoria

José Efraín Ríos Montt, el líder militar de Guatemala entre 1982 y 1983, ha sido condenado por genocidio. Es una victoria para los derechos humanos. Señala la eterna posibilidad de la justicia, aún si hay que esperar 30 años.

Hay los que dirán que la condena no compensa la espera. Y es indudable que no permite que las víctimas recuperen lo que perdieron.

Pero hay que reconocer que es una condena por el gran crimen de genocidio, que el acusado fue un militar poderoso, y que el veredicto lo entregó una corte nacional. Esos 30 años fueron necesarios para cambiar el clima político y abatir el miedo que fue ingrediente central de la represión en Centroamérica.

Sin embargo, algo se perdió. La memoria sigue viva en Guatemala, gracias a la valentía de las víctimas y de los campeones de los derechos humanos. Pero se han fugado esas sensaciones de hace 30 años.

Hemos sido apartados de lo puntual del momento cuando gobernaba un general patrocinado por una oligarquía ultraconservadora, un cristianismo mesiánico, y un aliado –EE.UU.– para quien unos indios muertos eran un costo pequeño en la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

Nos olvidamos del olfato de una aldea ardiendo y abandonada, del malestar que sufrimos cuando el noticiero nos mostró las caras vacías de campesinos “convertidos” a la causa anticomunista, de la rabia que sentimos cuando Ronald Reagan dijo que Ríos Montt es un hombre de honor, de los escalofríos al imaginar a un presidente asesorado por un exhippie estadounidense convertido en evangélico en Guatemala.

Son sensaciones que resisten la grabación, inexplicables durante el día pero que de noche animan las pesadillas. Perderlas es los que separa el presente del pasado, lo que nos ayuda sobrevivir. Tal vez las tenemos que perder para ejercer la justicia.

Pero sin esas sensaciones nos olvidamos de la inmensidad de lo que pasó. Ese diablo gigantesco ahora es un mero mortal.