Agenda gay es la agenda de todos

En las batalla sobre los derechos de los gay es fácil decir que hemos avanzado en los 44 años desde que la policía atacó al Stonewall Inn en Nueva York, el evento en que comenzó el movimiento gay. ¿No es obvio que nuestras normas han cambiado, que hoy es inimaginable que la homosexualidad sea un crimen?

Sin embargo, seguimos lamentando la violencia contra los gay. La reforma migratoria abrirá nuevos derechos para parejas indocumentadas, menos aquellos que son gay. Seguimos debatiendo si un adolescente gay puede ser un ‘Boy Scout’.

Hay los que piden paciencia, que hay que reconocer que hay gente de buena fe que, sin embargo, fueron criados bajo normas que con mucha dificultad aceptan la homosexualidad.

Es cierto que el cambio toma tiempo. Pero esto no es meramente un debate teológico. El debate sobre si una pareja gay se puede casar no es simplemente entre cristianos progresivos y conservadores. No es exclusivamente un argumento sobre el rol de la religión en nuestra vida cívica.

Hay una cuestión más profunda: ¿Cómo construimos una sociedad que sus miembros reconocen como legítima y que, por lo tanto, puede mantener el orden?

Los que implacablemente no quieren ampliar los derechos civiles para personas gay creen que tales reformas son ilegítimas y que, por eso, causarían el desorden. Piensan que vivimos en una sociedad estable porque, entre otras razones, se basa en una fundación heterosexual.

Estoy desacuerdo con esa lógica. Tarde o temprano, pierde su legitimidad una sociedad que es capaz de negarle a un grupo los derechos civiles que disfrutan los demás. Y cuando pierde su legitimidad, ya no puede mantener el orden que a todos nos beneficia.

No soy homosexual. Me debería importar muy poco si una pareja gay se puede casar. Pero quiero que mis hijos vivan en una sociedad legítima y estable. Por eso es importantísimo que los gay tengan exactamente los mismos derechos que los demás.