Tango sin confines con Juan Fabbri

Tango sin confines con Juan Fabbri
El argentino Juan Fabbri acaba de inaugurar Tango House, un espectáculo de tango en pleno corazón de Astor Place. Foto: Silvina Sterin Pensel
Foto: Fotos: Silvina Sterin Pensel

Pares de piernas que se entrelazan y acarician haciendo firuletes; manos que se aventuran a territorios más allá de lo permitido en otro tipo de danzas. Esto es tango, tango del mejor y de martes a domingo quien llegue a este nuevo espacio sobre la calle Lafayette podrá transportarse, al menos por una hora, a una verdadera ‘tanguería’ porteña.

Por momentos el baile es más crudo y despojado; en otros, refinado y elegante.

Cinco parejas de bailarines, entre los argentinos, colombianos y rusos- pueblan cada noche el escenario del Malbec & Tango House haciendo vibrar a un público que no les quita la vista de encima.

El ritmo de milonga, vals y 2 x 4 lo impone la banda, integrada por una mujer bandoneonista, su novio pianista –ambos recién llegados a Nueva York desde Buenos Aires, un contrabajista y el violinista guatemalteco Sergio Reyes cuya versión de Adiós Nonino haría estremecer al mismísimo Astor Piazzolla.

Entre número y número las luces se van a negro y esa oscuridad se aclara devorada por los aplausos. De repente, el tiempo se detiene y la expectativa crece. “Mi Buenos Querido, cuando yo te vuelva a ver…” es el tango de Gardel interpretado por un cantante engominado y de impecable tuxedo, Héctor Pablo Pereyra, que destila sentimiento en cada estrofa. “Este lugar es una maravilla por esta cercanía que permite con los artistas”, sostiene Juan Fabbri, el argentino que con este emprendimiento acaba de hacer realidad su último capricho. “Ves la emoción en sus caras, el detalle del movimiento de sus empeines, los gestos y las muecas del cantante”.

El antídoto contra cualquier traspié tiene nombre y apellido: Dolores de Amo, la directora artística, coreógrafa y vestuarista del show y la esposa de Juan. Una noche hace no tanto, durante un ensayo, parada frente a una pareja, -ella de mallas y taco aguja; él en pantalones de trotar- Dolores marcaba una figura y al mismo tiempo, mirando hacia arriba, efectuaba un particular pedido al sonidista: “Quiero viento, Sam, el tema cambia mucho con eso, ¿Podemos tener viento?” Minutos después, el recinto tronaba con el vendaval y la pareja bailaba El Huracán, un tango de Edgardo Donato. “Gracias, Sam, ahora sí”.

Aseguran no pelearse aunque confiesan que hablar de tango las 24 horas del día puede volverlos un poco locos. “Si nos estamos poniendo pesados le digo. ‘Dolores, cortémosla, hablamos de esto mañana’, dice Juan. “O ella quiere hacer algo que está totalmente fuera de presupuesto y me insiste hasta que, obviamente, gana”. Viven divididos entre Nueva York, -hacen base en su apartamento de Wall Street- y Buenos Aires. “Aquí me siento muy a gusto”, señala, tengo 65 años y empecé a venir a los 19. Amo esta ciudad y me pone muy feliz ver que finalmente tengo un show aquí”.

De cabello canoso, playera, jeans y tenis, Juan Fabbri se define como un rockero que se apasionó en el ocaso con el tango. “Fue como a mis cuarenta”, dice sacándose las gafas oscurísimas con las que recibe a la mayoría de la gente. “Empecé tarde pero me volví imparable. Monto un espectáculo de tango e inmediatamente sigo con otro. ¿2014? Estoy con ganas de París”.