Las víctimas colaterales de una guerra anunciada

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Mientras los presidentes Barack Obama y Vladimir Putin discutían en el G20 —el country club de los países más ricos— el posible ataque a Siria y los medios de comunicación nacionales como internacionales se hacían eco sobre un posible conflicto bélico, empecé a buscar algunos de mis diarios que se remontan al año 2003. Me preguntaba: ¿Otra guerra? Y a pesar de que un “acuerdo de paz” efímero se ha alcanzado entre Occidente liderado por EE.UU y Siria representada por Rusia, este conflicto geopolítico ha traído sus primeras víctimas en los EE.UU.: la reforma migratoria y la Federación Americana del Trabajo (AFL-CIO).

Desde que empezó el discurso bélico de nuestro presidente y la necesidad de que este país debía involucrarse en una guerra civil, la reforma migratoria pasó a un tercer plano. Este tema de gran importancia para nuestra comunidad laboriosa fue abandonado sin tener una propuesta clara de cuál será el destino de millones de personas. Para muchos republicanos como demócratas, Siria se convertiría en la mejor distracción de los problemas nacionales que afectan realmente al ciudadano común. Puesto que es mejor enfocarse en los problemas de otros que en los nuestros.

Este limbo político de la reforma migratoria, le ha dado una ventaja competitiva a los demócratas frente a los republicanos. Sin una reforma real y con algunas medidas a medias como fue el caso de los Dreamers el año pasado, la administración Obama busca captar el voto latino y al mismo tiempo no compromete aquellos demócratas que tienen en peligro sus posiciones en lugares conservadores.

Esta ha sido la estrategia de nuestra administración que en círculos conservadores se jactan de decir que en los últimos cinco años se ha elevado el número de deportaciones, mientras en círculos liberales se presentan como amigos de los inmigrantes.

La segunda víctima colateral ha sido el movimiento sindical en Estados Unidos. Por un lado AFL-CIO tuvo la oportunidad de romper con su tradición de no denunciar la política intervencionista de los EE.UU. A veces me gustaría pensar que muchos de los líderes del movimiento sindical tienen el síndrome del Macartismo, esa paranoia real de los años 50 donde el estado tenía una licencia para destruir y perseguir cualquier persona acusada de comunista.

Pero la realidad es otra, y es que muchos de nuestros líderes sindicales se han acomodado a un sistema de gratificaciones asociadas con la destrucción del movimiento sindical en este país. Los cambios dentro de la ALF-CIO deben profundizarse si es que quiere ser relevante a la hora de construir poder sindical.

Parte de esos cambios es escuchar con mayor atención a las bases. Muchos de los miembros de ALF-CIO se oponen a las intervenciones de los EE.UU. porque muchos de ellos han visto directamente los efectos negativos de estas intervenciones.

Pretender ser neutral a esta realidad es darles una bofetada a todos esos miembros que entienden lo que es una invasión. Al mismo tiempo, es poner los intereses de la oligarquía por encima de la clase trabajadora.