Sin papeles y sin protección

Durante mucho tiempo hemos estado diciendo que las leyes migratorias de los Estados Unidos—y la política migratoria de la administración del presidente Barack Obam castigan a los que menos culpa tienen y que son los más vulnerables en un sistema de mano de obra indocumentada de la cual la nación entera sacó beneficios y en la cual la nación entera participó.

La “pesadilla americana” del TLCAN y otras políticas estadounidenses les costaron sus puestos de trabajo a millones de personas en México, Centroamérica y la región caribeña. Fue una migración forzosa.

El gobierno recolectó nuestros impuestos sin decir nada. Los bancos nos prestaron dinero con intereses elevados. ¡Todo esto ha sido un sistema de mano de obra indocumentada! Cuidamos a sus niños y preparamos sus comidas, pero solo los indocumentados son castigados.

Nosotros no inventamos este sistema. Lo único que hemos hecho es intentar sobrevivir dentro de él. Pero no solo somos los que menos responsabilidad tienen, sino que también somos los más vulnerables. Los latinos tenemos la cifra más elevada de heridas en el contexto del trabajo, y eso se puede atribuir mucho al hecho de que trabajadores indocumentados no pueden quejarse a las agencias del gobierno sobre condiciones peligrosas, pues tienen miedo de que vayan a resultar deportados. A los patronos les encantaba ocupar a obreros indocumentados porque era muy fácil despedirlos sin tener que pagar más al fondo de desempleo. Tenemos una fuerza laboral cautiva que no puede defender sus derechos más básicos.

Esta falta de derechos nos afecta tremendamente en el asunto de préstamos hipotecarios poco escrupulosos, lo cual ha dejado una cifra elevada de préstamos liquidados entre familias indocumentadas. Tal como parece, medio mundo veía como presa a los indocumentados, quienes, no obstante, seguían trabajando y viviendo en una forma muy barata para poder enviar dinero a sus parientes en el país de origen.

La explotación se intensifica. En los últimos meses han secuestrado a miles de personas en la frontera; a veces el plagio ocurre en el mero suelo estadounidense. Los secuestradores se ponen en contacto con parientes que trabajan en los Estados Unidos, exigiendo un rescate de miles de dólares, amenazando sus cautivos con la muerte y a veces matándolos.

Las familias indocumentadas tienen la opción de que les asesinen o por lo menos dejen morir de hambre sus padres, hijos o hijas, a quienes los dejan atados en espacios oscuros durante meses. Y tan pronto que recaudan suficiente dinero para pagar el rescate original, se les dice que ya el precio ha subido.

Se escogen a las familias en los Estados Unidos porque no pueden pedir ayuda de las autoridades. Trabajan duro, pagan sus impuestos, crean sus hijos con amor y responsabilidad, y luego les dejan plantados, solos. A veces familiares en los Estados Unidos son amenazados por los delincuentes los van a atacar en sus hogares, pero nadie les hace caso.

Permanecemos en los Estados Unidos por la razón de que nuestros hijos están aquí. Cinco millones de ellos tienen la ciudadana estadounidense. Permanecemos porque nuestros esposos o nuestras esposas están aquí.

En Washington tanto los republicanos como los demócratas tienen sus jueguitos partidistas con las vidas de los 11 millones y sus familias. No solo se deportan a 1,400 cada día, sino también la explotación y la violación de los derechos humanos más fundamentales se van intensificando.

Lo único que estamos diciendo es que los Estados Unidos, como nación, debe compartir la responsabilidad por las familias que se formaron aquí, y por los niños que nacieron aquí mientras que la nación operaba un sistema de mano de obra indocumentada en el cual todos participaron y del cual todos beneficiaron.

Actualmente los Estados Unidos ha ido a las Naciones Unidas para hablar de la falta de derechos humanos en Siria. ¡Debemos estar ahí también!