A Chávez lo animaron a morir

Con la muerte del teniente Coronel Hugo Chávez podemos hablar de la exquisitez de la muerte en función del esplendor político. Sus locuras rayaron en el delirio y al final sólo dejaron caos y angustia. Disparató como si fuera un líder planetario, pero sin salirse del guión castrista. Y dada la escasa información que brindaron sus captores en la isla, es casi imposible develar la verdad de su muerte que aún sigue siendo un misterio. Lo único que sí está claro es que los hermanos Castro sabían que lanzándolo a una nueva campaña electoral — tal como ocurrió — lo mandaban al patíbulo. Era obvio que el avance de su enfermedad no permitía que tomara el reto, pero como para Cuba lo importante no era su vida sino conservar los recursos, lo animaron a la muerte.

Hugo Chávez aspiraba a un mundo que no existe. Nunca estuvo claro si era marxista, cristiano o fascista. Él tenía la sutil delicadeza de navegar en los tres mares sin mostrar la identidad de la nave. Solamente echaba ancla cuando las cosas se ponían color de hormiga.

Su vida no pudo girar nunca fuera de la órbita de La Habana. Tal vez si le hubieran persuadido a ingresar en un hospital brasileño, tal y como le ofrecieron, o buscar atención en Houston, hoy la historia fuera otra. Pero la magia de las “ciencias aplicadas” suele ser tan horrible cuando se lo propone, que Cuba prefirió verlo muerto antes de correr el riesgo de perder los archivos del país petrolero. Ahora lo han ascendido a la categoría de Santo. Posee su propia capilla y dicen que aparece en forma de ave. Además de atribuírsele varios “milagros”. Su efigie está a la venta en yeso o cerámica, según el presupuesto del creyente.