Telas y géneros que ‘reencarnan’

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Telas y géneros que ‘reencarnan’
Vacas y reses realizados en tela constituyen la obra de la argentina Tamara Kostianovsky, aquí en su estudio en Bushwick.
Foto: Foto: Silvina Sterin Pensel

Puntada tras puntada con una aguja curva, los dedos de Tamara Kostianovsky van cerrando un paño y dando forma a lo que será, en breve, una tira de salchichas. Esta mañana otoñal, soleada y algo fresca, fue por demás productiva y ya ha cosido y dado cuerpoa una cabeza de vaca con todos sus detalles —el particular hocico vacuno, esos ojos soñadores, mezcla de tristeza y añoranza, las orejas con su especial estructura— y dos gigantes cortes de carne con sus respectivos nervios, huesos y tendones.

Ingresar en su luminoso estudio sobre la calle Grattan, en Bushwick, es como entrar en una glamorosa carnicería donde reses de distinto tamaño descansan colgadas de ganchos y donde, claro, como todo está hecho de tela y género –el principal insumo que utiliza esta artista argentina— la sangre siempre conserva ese rojo carmín y la carne nunca se descompone. El nivel de detalle de cada pieza es asombroso, meticuloso y doloroso. “Terminar algunas de las más grandes me lleva un mes y son horas y horas de trabajo”, explica sin soltar la aguja y con la vista en la tela. Es una costura donde uso mucha fuerza porque la tela contiene al relleno y toda una estructura de alambre que es lo que da la forma a las vacas y las reses”.

Replicar con tanta exactitud el mundo vacuno es también producto de su esfuerzo. “Recorro muchas carnicerías aquí en Brooklyn y en otras partes y observo cada rincón de esos pedazos de carne”, señala. “También consulto libros de anatomía animal porque como mi trabajo tiene relieve he tenido que aprender a reflejar cómo luce una vaca no sólo de frente, si no de costado y de atrás”.

Centrarse en la vaca, su presencia y sus partes, fue una elección personal producto de la cultura en la que se crió; un país ganadero como Argentina que se jactaba de tener más cabezas de ganado que población. “Mi trabajo lleva varios mensajes”, expresa, “por un lado, la carne como orgullo nacional y por otro la carne como reflejo de la violencia que estamos viviendo; la profunda agresividad donde te matan por nada y donde las personas, estamos dejando de ser humanos para ser cada vez eso, sólo carne desechable”.

A la tela, en cambio, llegó por necesidad. “A los 26 años, buscando mi voz como artista me vine a Estados Unidos. Estaba en la universidad estudiando artes visuales y de un día para el otro, en el 2001, la Argentina devaluó su moneda. Lo que me enviaban mis padres se volvió una miseria y no podía comprarme acrílicos para pintar, estaba desesperada. De repente miré todas las valijas repletas de ropa de invierno y dije, ¿Y si empiezo a usar tela?

Desde entonces, Tamara, 40, no invierte en recursos si no que recicla y reutiliza. Si encuentra una media suelta y su compañera está desaparecida, sonríe. Cuando deja un trapo de cocina muy cerca de la estufa y se le quema, su mirada color miel adquiere una tonalidad especial, como de regocijo y cuando ve que Theo, su hijo de 4 años, camina con pantalones que ya le quedan cortos se frota las manos con entusiasmo.

Es que estas y otras situaciones que crisparían los nervios de la mayoría generan entusiasmo en la artista que sabe que ese saco rojo de su esposo Mark —también artista— le servirá para dar vida a unas chuletas o que aquellas sábanas desteñidas podrán transformarse en la grasa que rodea a la paleta. “Empecé por necesidad y ahora me parece genial no tener que gastar una fortuna en materiales y utilizar aquellas cosas que me rodean. Además el usar ropa nuestra, que nos acompañó a mí y a mi familia en situaciones cotidianas, es una forma mas de reflejarme en mi obra “.