Dueños de falso reino

Dueños de falso reino
"La arrogancia de los padres, de los jefes, o de los gobernantes, en muchos casos es causante del miedo de los hijos a enfrentar la vida, de la incompetencia laboral de los empleados, de la inconformidad social y la rebeldía subversiva".
Foto: Archivo

Al Grano

Les voy a contar la historia de Don Gabriel, un veterano periodista jefe de redacción del diario donde comencé hace varias décadas en Cali, Colombia.

Él creía ser el rey de su propio feudo. A sus empleados les hablaba con petulancia sin esconder el propósito de hacerlos sentir insignificantes. A sus hijos y a su esposa los trataba con desprecio y a la gente que se le acercaba agachando la cabeza, por la degradación que él causaba, la humillaba sin piedad.

Su actitud denigrante nunca la he podido borrar de mi mente. Ese mal ejemplo me hizo recapacitar sobre cómo las personas adolecemos de modestia y humildad cuando tenemos poder o dinero. Su mal ejemplo me sirvió para no cometer los mismos errores.

Quizás usted conozca a gente cercana que es soberbia y arrogante. Individuos que gozan con doblegar, humillar y pisotear a otros.

Lo hacen los maridos machistas; los padres dominantes; los estudiados contra los iletrados; jerarcas de la Iglesia que se creen Dios en la tierra y algunos jefes que presumen magnanimidad, pero actúan como malos seres humanos cuando se trata de dar órdenes a los que les rodean.

Veo arrogantes en los aviones cuando, sentados en primera clase, miran con desmerecimiento a los que pasan a su lado hacia la cabina de turista. Veo arrogantes a los nuevos ricos que alguna vez fueron pobres.

Veo arrogantes a las mujeres vanidosas que por su belleza creen tener el derecho de humillar a las que no lo son tanto. Veo arrogantes a quienes lucen joyas costosas, trajes caros y conducen autos suntuosos, mientras muchos de sus familiares o amigos tal vez no tengan qué comer.

La indiferencia es arrogancia. Es un mal que contagia a los gobernantes; a la gente común que ve a los mendigos con indolencia. A algunos militares que creen que el uniforme los hace más grandes y poderosos; a los dirigentes políticos y a quienes tienen la obligación de servir al pueblo y no lo hacen, por el contrario, se aprovechan del cargo para humillar y robar.

La arrogancia de los padres, de los jefes, o de los gobernantes, en muchos casos es causante del miedo de los hijos a enfrentar la vida, de la incompetencia laboral de los empleados, de la inconformidad social y la rebeldía subversiva, la violencia descontrolada y hasta de los crímenes.

La arrogancia de la gente con poder o la que se cree tenerlo, es una actitud negativa del ser humano que hace daño y que no permite que las empresas avancen, que las familias prosperen y pone barreras a los pueblos para su desarrollo.

Don Gabriel no fue un hombre bueno. En su casa y el trabajo nadie se atrevió a desafiarlo y sus hijos pocas veces recibieron caricias o amor. En una plática que tuve semanas antes de su partida dijo: “Nadie se atrevió a bajarme del trono”. Él murió en la soledad sin consuelo. Pocos lloraron su muerte.

Tener más dinero que los demás o el don de mandar es un privilegio que debe usarse para servir al prójimo. Es bueno acostarse en la noche sin el peso de la conciencia de haber humillado, maltratado o de creerse el soberano de un reino falso.