La pasión no lo es todo en el trabajo

En una incitante crítica al dicho “Haz lo que amas, ama lo que haces”, el estúpido aforismo que se ha convertido, aparentemente, en el cliché preferido de todos los consejeros vocacionales— la ensayista Miya Tokumitsu hace esta asombrosa declaración: “Haz lo que amas, ama lo que haces” es ahora el mantra extra-oficial de nuestra época.

El problema es que no lleva a la salvación, sino a la devaluación del trabajo real.

En su artículo de la revista Jacobin, Tokumitsu señala que “al mantenernos concentrados en nosotros mismos y en nuestra felicidad individual, DWYL nos distrae de las condiciones de trabajo de los demás, mientras que da validez a nuestras propias decisiones y nos libera de las obligaciones hacia los que trabajan, les guste o no les guste.”

Es el apretón de manos secreto de los privilegiados y una visión del mundo que disfraza su elitismo como un intento de mejorarse a sí mismo. Vale la pena pensar en esto. También es notable que muy a menudo, los que se destacan en la vocación que han escogido trabajan como demonios.

Y ése es el problema con la Filosofía de Amor-y-Pasión para la selección moderna de las carreras profesionales: Reemplazar los actos físicos de valor, determinación, disciplina y excelencia necesarios para tener el privilegio de hacer lo que uno ama, por emociones fáciles y positivas.

Una nota necrológica del fallecido maestro Claudio Abbado —conocido por su personalidad humilde y apagada, y su especial estilo en el podio— señalaba que cuando era estudiante, Abbado aprendió a conducir con una mano atada a su espalda.

Para los no-iniciados, la técnica de un director de orquesta es un extravagante misterio. Pero el agotador entrenamiento de Abbado pone en perspectiva el trabajo angustioso, profundamente disciplinado que lo destaca del incontable número de estudiantes de música que tomaran alguna vez una clase de conducción y que soñaran con dirigir una orquesta profesional.

Sí, es cierto que hubo algo de privilegio en su meteórica carrera, también una cierta cantidad de suerte, y una gran cantidad de amor y pasión —pero por encima de todo: hubo un duro trabajo.

En un artículo publicado en The Wall Street Journal sobre su libro How To Fail at Almost Everything and Still Win Big, el creador del personaje “Dilbert”, Scott Adams dijo: “Supuestamente, la pasión te dará mu cha más energía, gran resistencia al rechazo y mucha determinación. La gente apasionada es también la más persuasiva. Todo eso es positivo, ¿no es verdad?”

Pero cuando se desempeñó como empleado de préstamos comerciales en un banco grande, dijo Adams, le enseñaron que la pasión no es, por sí misma, un modelo empresarial sostenible.

Su jefe le dijo: “El mejor cliente de préstamos es aquel que no tiene ninguna pasión, sólo el deseo de trabajar duro en algo que se ve bien en una planilla. Quizás el cliente de un préstamo quiere abrir una tintorería o invertir en una sucursal de comida al paso —cosas aburridas. Así que esa es la persona por la que hay que apostar. Hay que buscar al trabajador que se encuentre siempre al pie del cañón, no al que ama su trabajo.”

Siendo así, podemos decir que se empieza con el talento.

El valor y la suerte te impulsan hacia adelante. Sin embargo, en la búsqueda del éxito, no se puede confiar en el amor y en la pasión como el reemplazo del trabajo arduo.