Adicto a los negocios en Washington Heights

Nueva York — Jerry Castaños dice ser “adicto a los negocios”. Repasando su trayectoria, hay que darle la razón.

A finales del año pasado Castaños abrió 3DHeights, un centro de impresoras 3D en Washington Heights, donde sus padres se establecieron cuando llegaron de la República Dominicana hace más de tres décadas. Se trata de uno de los tres únicos lugares en los que se vende este tipo de impresoras en Nueva York. Pero antes de llegar a este punto, Castaños, ahora en la treintena, dio la vuelta al mundo.

Y por el camino, abrió un negocio.

Su periplo comenzó cuando se alistó en el ejército. “Necesitaba disciplina”, explica, “no era mal chico, pero no buen estudiante”. Para cuando se puso el uniforme ya sabía lo que era un negocio porque fue D.J. en sus años de colegio.

Tras pasar tres años en Japón con el ejército fue contratado por Halliburton para trabajar en logística en Irak, de ahí pasó a Qatar con ITT. Estando en este emirato fundó su primera empresa de logística. Tenía 23 años. Hasta el embajador de la República Dominicana fue a la fiesta de inauguración de una empresa que tenía un contrato con el ejército “una buena estructura, un sponsor local” pero finalmente el acuerdo con los militares no se materializó y sin ese empuje la dura competencia le obligó a cerrar ocho meses después.

Ahora recuerda aquellos tiempos en los que acabó perdiendo todo y con una fuerte deuda con una sonrisa. “Llamé a mi primo para que viniera a ayudarme. Dormíamos en la oficina, turnándonos en el sofá”. Acabada la aventura empresarial, volvió a ITT en Kuwait, lo que le llevó a Irak, de nuevo para terminar en Afganistán.

En 2013, recibió la llamada de su padre diciéndole que había un buen local comercial en el barrio y Castaños volvió a casa donde abrió el negocio a finales de año. “Conocía el barrio y además me daba oportunidad de trabajar con mi comunidad”, explica.

La tecnología de las impresoras en tres dimensiones, cuyo nombre es engañoso porque más que impresoras son pequeñas fábricas, hacía tiempo que interesaba a este emprendedor de empresas por su afición a la ciencia ficción y en particular Star Trek, “una serie en la que se anticipan muchas tecnologías”, y sus experiencias con el ejército.

Conseguir el capital para abrir fue cuestión de ahorros personales, crédito personal con sus tarjetas y su familia. “Un negocio pequeño no puede conseguir dinero de un banco si quiere empezar, es muy difícil y con el venture capital (capital riesgo) pasa mas o menos lo mismo. “Con la familia es difícil trabajar, pero al menos les conoces”, dice Castaños, mitad en broma mitad en serio.

Y así, después de sus experiencias en distintos puntos del globo, Castaños ha optado por lo más cercano. La familia, con la que aún vive.

Su padre, en el negocio de la construcción se encargó de poner a punto el local que antes era una licorería. Un primo, otro veterano y una tía, trabajan en la tienda. “El mejor equipo”, dice. Sus clientes no son solo estudiantes de Columbia sino inventores del barrio. “La comunidad está llena de ellos”.

Con respecto a su empresa, dice que no hay un modelo de negocio establecido y que su interés es hacer el suyo, “no necesito un modelo multimillonario”, mientras sirve de diferentes maneras al vecindario en el que se ha establecido.

Cara el futuro cree que va a dejar de vender las impresoras porque otras cadenas comerciales lo harán. Su idea es convertir su negocio en un centro en el que se presten servicios, clases y se puedan comprar materiales, la materia prima, para que estas impresoras puedan funcionar.

“Y quiero ver que otras opciones hay, que me conozcan, expandir mi marca y que otras empresas de tecnología vengan al vecindario”. Al mirar las calles de su barrio, Castaños dice que quisiera que hubiera más diversidad empresarial, mas negocios de tecnología, un centro para ello. Y un incubador , “que la gente no tenga que ir a un Starbucks para trabajar. Me gustaría crear una ventaja competitiva en el barrio”.