El liderazgo que necesitamos

Cuando yo estaba en el santuario de una iglesia de Chicago bajo presión constante de los medios informativos y las amenazas de Homeland Security afuera de la puerta, recibí una visita de la obispa Carcaño, que viajó dos veces desde Arizona para visitarme y para rezar conmigo.

Una obispa en la iglesia metodista unida, Minerva Carcaño es hija de campesinos. Erudita y pastora desde hace muchos años, es una dirigente religiosa muy hábil en su confesión de 12 millones de metodistas. La obispa es una persona impresionante, tanto por su humildad y pasión por la fe, como por sus calidades intelectuales. Jamás voy a olvidarme de la paz y autoconfianza que me trajo en aquella coyuntura tan difícil.

Hoy leí que la obispa dirigió un grupo de líderes religiosos y comunitarios a la Casa Blanca donde fueron detenidos por desobediencia civil, en una manifestación en contra de las deportaciones. Ellos exigían que el Presidente Obama utilizara sus poderes ejecutivos para pararlas.

Para mí esto no fue ninguna sorpresa. No cabe duda que el presidente dispone de la autoridad legal para extender los aplazamientos. Su negativa a aceptar eso tiene un tono falso porque antes de dar los aplazamientos a los soñadores, también negó que tuviera la autoridad de hacerlo. El voto unido de los votantes latinos ha constituido el único argumento para obligarles a los líderes republicanos a que negocien para llegar a una solución legislativa. Tal acción por parte del presidente fortalecería la posición del congresista Gutiérrez y otros que están negociando con los republicanos. Mientras que las deportaciones siguen, nuestros verdaderos representantes se encuentran forzados a aceptar cualquier cosa que se les ofrezca simplemente para parar las deportaciones.

No me sorprendió porque pude sentir que la obispa es una persona de fe profunda que no se deja silenciar por cuestiones políticas. Lo más importante es que la buena obispa representa lo que nuestro movimiento debe ser. Es decir, no enredado en la politiquería para ganar palanca y fondos, sino representando lo que está dentro de los corazones de los que más sufren. Las leyes actuales contienen suficiente flexibilidad para que el presidente pueda otorgar aplazamientos a millones y hasta permitir el regreso a sus familias, con motivos humanitarios, de personas ya deportadas.

Estas cosas se pueden hacer. La obispa ha expresado lo que está en los corazones de millones. Ha llegado el momento en que los activistas que dicen hablar por nosotros se unan a ella. Debe pararse la supresión política de nuestro movimiento. Ha llegado el momento para millones de nosotros de marchar hasta que el presidente dé alivio a nuestras familias.

El presidente ha utilizado el argumento que “demostrar que va a aplicar la ley” haría más fácil que se apruebe una reforma migratoria. Esto es lo que nos ha estado diciendo durante seis años, mientras deportaba a más personas que cualquier otro presidente en la historia de los Estados Unidos. Han durado demasiado tiempo los atropellos a los niños abandonados en los Estados Unidos y gente repentinamente expulsada a la creciente violencia en México, sin empleos ni apoyo.

¡Que los bien remunerados líderes de las organizaciones “pro derechos inmigrantes” hagan una pausa en su práctica de tomar té en la Casa Blanca! ¡Que se unan con la obispa para retar a este presidente para que cumpla con sus promesas por tantos años incumplidas!

Gracias, obispa Carcaño, mil gracias.