Una parte olvidada de la historia femenina

Casi nadie se acuerda ya de ellas: Las mujeres que ayudaron a construir las comunidades puertorriqueñas de Nueva York en las décadas de los veinte, treinta y cuarenta. Aquellas a quienes les pagaban por pieza después de estar cosiendo cuellos o blusas a máquina en una fábrica por horas como esclavas, y a quienes no les pagaban los días feriados. Las que estaban de pie todo el día, con los pies hinchados y las manos moviéndose rápido para agarrar y empacar chocolatitos a medida que los dulces volaban sobre la correa de montaje. Las que, al final de un día de trabajo de ocho horas, se detenían en la fábrica de al lado para recoger unos cuantos paquetes de pañuelos para hacerles el dobladillo de noche para ganar unos centavitos de más. Eso, sin importar que por tener familias también tenían que hacer las compras, limpiar la casa, atender a los niños y preparar la comida.

Llamadas “chicas” por sus jefes, llegaban a los muelles de Brooklyn o Manhattan en buques, tras armarse de valor para dejar a sus familias atrás y emprender viajes en tercera clase con nada más que la ropa que tenían puesta y unas pocas mudas en maletas de cartón. A algunas de ellas, como a las 130 mujeres que fueron contratadas directamente desde Puerto Rico en 1920 por la American Manufacturing Company, representantes de la empresa las recibieron cuando llegaron a Brooklyn. Pero la mayoría de ellas emigraron solas, acompañadas solamente por sus sueños solitarios de una vida mejor. Al llegar a Nueva York, las recibía una amiga que era del mismo lugar o un familiar, y se mudaban a hogares de familiares o conocidos de sus familias.

A medida que aprendieron a viajar en los trenes y buses de la sucia y fría ciudad de acero a la cual llamaban hogar, sus primeros empleos pagaban por el alojamiento y comidas, y guardaban uno o dos dólares adicionales en un sobre para mandarlos a casa para sus familias cada semana.

Estas mujeres crearon maneras informales de hacer que la vida en la ciudad fuera más llevadera. Surgió un sistema popular de cuidado de niños que les permitió a las que trabajaban dejar a sus hijos al cuidado de otras mujeres puertorriqueñas. Algunas proporcionaban alojamiento y comida a inquilinos. Otras fueron a escuelas nocturnas para aprender inglés, con esperanzas de conseguir empleos mejor remunerados. Sirvieron a sus comunidades en congregaciones religiosas y organizadoras comunitarias, y muchas fundaron clubes boricuas que brindaban recursos sociales e información.

En los últimos años, parece que hemos tendido a resaltar a la mujer excepcional en la historia, borrando de la memoria colectiva la labor de las generaciones pasadas sin darnos cuenta de que detrás de cada mujer excepcional se encuentra una comunidad de mujeres sin cara ni nombre que han ayudado a sostenerla. Estos son los legados de las inmigrantes boricuas, las verdaderas escultoras de las comunidades de hoy en Nueva York.