Expandilleros de NY viven con el estigma

Exmiembros aseguran a El Diario/La Prensa que no hay manera de borrar completamente el rastro de la violencia en la que estuvieron inmersos
Expandilleros de NY viven con el estigma
Expandilleros tratan de concientizar a los jóvenes para que entiendan que en esas bandas no hay vida, ni futuro.
Foto: Archivo

NUEVA YORK — Creció entre tiroteos, muertes y tráfico de droga. A los 12 años, robaba para comprar la marihuana que consumía. Durante años no le importaba morir o asesinar, todo en nombre de la pandilla.

Es la historia de Martínez (20), un inmigrante mexicano exmiembro de la desintegrada ganga Saint James Boys, cuyo territorio se extendió en el vecindario de Bedford Park, en El Bronx, entre las calles 183 y 192. El nombre de la pandilla —que alcanzó más del centenar de miembros— parece poco temerario, pero no sus acciones.

“La violencia fue todo lo que conocí. En las calles a nadie le importa si eres morro (niño). Si tienes dinero te dan la droga”, dijo Martínez, cuyos tíos eran miembros del grupo. “A los quince años me metieron a la ganga. Me bautizaron con una golpiza. Nadie que no fuera mexicano podía entrar”.

Su integrante más famoso fue Edgar Morales “Puebla”, quien ganó notoriedad mediática al asesinar a Melanie Méndez (10) y dejar paralítico a un pandillero rival en un tiroteo ocurrido en agosto de 2002. La fiscalía de El Bronx intentó enjuiciar al hombre bajo cargos de terrorismo, pero el tribunal de apelaciones desestimó los argumentos.

Martínez, quien por orden de un juez se sometió a terapia para tratar sus adicciones, reveló que, en la adolescencia, se hizo consumidor de crack, cocaína y la fenciclidina, conocida como “angel dust” o PCP.

“En la pandilla nada más se podía fumar marihuana, era una regla no meterse otras drogas”, apuntó el joven. “Conseguíamos dinero vendiendo perico (cocaína) y robando a otras pandillas. Cargábamos armas y machetes, no nos importaba rajar (cortar) a quien nos faltara el respeto”.

Con un padre abusivo y una madre dedicada a largas jornadas de trabajo, Martínez creyó encontrar refugio en las calles, pero el sabor amargo de la realidad le llegó de golpe. En 2012, estuvo preso por una felonía.

La lealtad de la pandilla se acaba tras las rejas. Me dejaron solo”, enfatizó. “Mis tíos también cayeron presos y fueron deportados”.

Martínez intenta corregir el rumbo y en el proceso participa el expandillero Rodríguez (38), un residente de El Bronx que ofrece consejería a jóvenes con antecedentes de violencia relacionada con gangas. El dominicano cumplió 16 años en prisión luego de asesinar a un pandillero rival.

“Mi nombre tenía peso en las calles y me sentía poderoso, pero tras las rejas supe que no era nadie”, indicó Rodríguez. “En la pandilla no hay vida, ni futuro”.

Hoy es voluntario en una organización que ayuda en la reintegración social de exconvictos y jóvenes que cometieron crímenes menores. Ambos expandilleros pidieron que se les identificara sólo con los apellidos, y que no se mencionara el nombre de la agencia.

“Es posible cambiar de dirección y convertirte en un ciudadano útil, pero la cicatriz de la violencia queda de por vida”, sostuvoo Rodríguez.

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