Celebración del arte de los Guastavino

El Oyster Bar de Grand Central es uno de los ejemplos del arte de los Guastavino.
El Oyster Bar de Grand Central es uno de los ejemplos del arte de los Guastavino.
Foto: EFE

Nueva York — En pleno cambio del siglo XIX al XX, el arquitecto español Rafael Guastavino y su hijo homónimo firmaron 250 edificios de Nueva York, muchos de ellos rubricados con sus características bóvedas tabicadas alicatadas, y ahora el Museo de la Ciudad les rinde homenaje en una exposición.

El Oyster Bar de Grand Central, el hotel Vanderbilt, la abandonada estación de metro de City Hall, la catedral de San Juan el Divino, el mercado del puente de Queens y la casa de barcas de Prospect Park tienen en común la firma de los Guastavino, aunque su nombre no figurara, ya que no eran los arquitectos, sino los constructores de bóvedas.

Rafael Guastavino Moreno y su hijo Rafael Guastavino Expósito registraron hasta 24 patentes en Estados Unidos, llegaron a trabajar en 100 edificios a la vez.

La exposición, titulada “Palacios para la gente: Guastavino y el arte del alicatado”, aún descubre proyectos desconocidos de este tándem familiar, además de vasijas de cerámica o partituras de música sacra creadas por ellos.

El nombre de esta exposición resalta la importancia de ese ladrillo visto y alicatado que Rafael Guastavino Moreno no descubrió hasta que llegó a Estados Unidos, pues en España había sido siempre estucado. Desde entonces, se convirtieron en la marca más reconocible de la aportación de esta familia a la arquitectura de este país.

Los organizadores de la muestra incluso hablan de cartas del gran mito de la arquitectura estadounidense, Frank Lloyd Wright, interesándose por su técnica en los años 50 para la cúpula de la iglesia que estaba construyendo en Milwaukee (Wisconsin).

“Como estructuras, las bóvedas de Guastavino son impresionantes. Tienen un espesor de 10 centímetros y son estructuras de gran resistencia a la carga, al viento y a la nieve. Después de tantos años, siguen sin dar fallos. Y es igualmente impresionante cómo estas bóvedas se abren a la luz. Una de sus bóvedas llegó a tener 35 metros de luz”, explicó John Ochsendorf, comisario de la exposición.

Autor también de un libro sobre la obra de los Guastavino y académico del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), enseñó orgulloso cómo su revisitación de la bóveda tabicada (que luego en 1904 se rebautizaría como “bóveda catalana”) realizada junto a sus alumnos les hizo ganar un premio de arquitectura en Sudáfrica.