García Márquez: In Memoriam

El escritor deja una obra fundacional en la conformación de una identidad latinoamericana, que es posible rastrear en cada uno de sus rincones
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García Márquez: In Memoriam
El legado de Gabriel García Márquez se extiende más allá de la literatura.
Foto: Agencia Reforma

El Salvador

Desde la primera edición de Cien años de soledad por la Editorial Sudamericana en Buenos Aires aquél mayo de 1967, América Latina, el continente de los siete colores del arco iris, pasó a llamarse Macondo, y su Adán, el hombre que la nombró y que fue bautizando una a una sus raíces más primigenias a través de las 360 páginas de la edición príncipe que se devoran de un tirón, es un niño de la costa caribeña colombiana, Gabriel García Márquez, fascinado eternamente por una realidad en la cual el sueño y la ficción compiten por ser más tangibles que una piedra y donde ocurren constantemente cosas imposibles y a la vez enteramente inverosímiles.

Así es de real maravillosa esta tierra nuestra donde ahora duerme el sueño de la eternidad el más grande narrador de todos los tiempos, muerto a la edad de 87 años en la ciudad que lo vio sufrir, llorar, crecer y triunfar, México D.F., junto a una tribu de gitanos de la ficción como Carlos Fuentes, Luis Buñuel, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Arturo Ripstein, Carmen Ballcels, Plinio Apuleyo Mendoza o Álvaro Mutis.

Con él se marcha uno de los fabuladores más emblemáticos del continente, pero se queda una obra fundacional en la conformación de una identidad latinoamericana, que es posible rastrear en cada uno de sus rincones. Macondo es toda América Latina y García Márquez somos todos, desde ese mismo instante cuando, como en un miércoles de ceniza, quedamos marcados con una cruz imborrable de tiza negra sobre la frente que nos identifica como miembros de la tribu milenaria de los soñadores y de los guerreros del alma, descendientes de esa estirpe mágico-realista fundada por el coronel Aureliano Buendía y Ursula Iguarán.

Su relación con El Salvador, aunque poco rastreable, es significativa. En Berlín, en casa del crítico colombiano Carlos Rincón, García Márquez nos narró que él fue el jurado calificador que decidió premiar la novela del salvadoreño Manlio Argueta, Caperucita en la zona roja, con el Premio Casa de las Américas, en 1976, producto de una apuesta, no por la calidad de la obra sino por el nombre del autor, entonces un desconocido, de quien los otros jurados juraban y perjuraban que se trataba de un seudónimo y no de un nombre bautismal. Fue premiada para satisfacer tal curiosidad y al abrir la plica García Márquez ganó la apuesta.

En la década de los 80, cuando en París se celebraban las maratónicas jornadas solidarias con la tragedia que vivía El Salvador, García Márquez, fue invitado de honor un par de veces, a las fiestas de solidaridad que el poeta Roberto Armijo, representante de la literatura salvadoreña en Francia, celebraba en su casa. García Márquez lo hacía con la convicción de que su nombre aportaba un plus a las veladas en las cuales se apoyaba la lucha por la democracia en aquel país pequeño, distante, que también era parte de la cartografía macondiana.

Supe que García Márquez procedía de El Salvador cuando mi padre durante mi infancia me narró cómo mi abuelo, Norberto, alcalde y secretario municipal de Nueva Esparta, el pueblo hondureño de Curarén que se trasladó en la primera mitad del siglo XIX a territorio salvadoreño en solidaridad con el general Francisco Morazán, había fotografiado con un daguerrotipo a un muerto que carecía de documentos de identidad para poder extenderle, pos mortem, la respectiva cédula de vecindad y darle cristiana sepultura en colaboración con el cura del pueblo. También supe que García Márquez había sido coétaneo nuestro, cuando mi padre me narró cómo había vencido al Cadejo Negro, un ser mitológico encarnación del mal en el campo cuscatleco, una noche de luna llena en el potrero donde a los 12 años él cuidaba a los semovientes. “Lo vencí porque le corté las alas con mi machete, ahí está su misterio. Todo mundo cree que es un perro negro que ataca sobre tierra, cuando en realidad lo que uno ve es su sombra, pues el Cadejo Negro vuela, y en el aire es donde hay que atacarlo”, me explicó. Mi abuelo materno, Papachepe, por el contrario, al morir a sus 93 años, ordenó 30 días de carnaval y jolgorio producto de sus haberes, y pidió a sus descendientes vestir festivamente y parrandear un mes para guardarle luto; al preguntarle sus hijos por la herencia, únicamente les espetó, “les he dado la vida, qué más quieren hijos de la guayaba”.

Maestro, que tu sonrisa sardónica nos acompañe siempre.