Más dinero, menos democracia

Hace poco la Corte Suprema en Washington eliminó otro límite a la cantidad de dinero que se puede contribuir a una campaña electoral.

En la decisión McCutcheon vs FEC, la Corte decidió que no hay justificación constitucional para tapar el total que uno quiera contribuir a campañas electorales. La decisión viene unos años después de Citizens United vs. FEC, la que decidió que una organización –por ejemplo, una compañía o un sindicato– tiene el mismo derecho a expresarse libremente que un ciudadano, y que por lo tanto tiene el derecho de contribuir a campañas políticas.

La lógica de estas decisiones es simple, y viene en tres partes. Primero, no deberían existir obstáculos a la libertad de expresión. En esto todos están de acuerdo. Segundo, el dinero es una forma de expresión política. Tercero, una asociación de ciudadanos –una corporación, un sindicato, una asociación social– tiene los mismos derechos que un individuo.

La combinación de estas tres proposiciones pone en riesgo la salud de la democracia americana. Porque si el dinero se considera una forma de expresión política, y si los ricos y las corporaciones pueden gastar dinero sin límite, la voz política de los americanos con menos recursos se convierte en un mero suspiro.

¿Qué hacer?

El dinero es necesario para la expresión política. Pero el dinero también corrompe la política. Esa corrupción puede ser obvia, como cuando un oficial recibe un soborno. Pero la corrupción nefasta es más sutil, cuando un candidato altera sus posiciones políticas para atraer los fondos necesarios para una campaña exitosa.

Lo que se está perdiendo es el equilibrio entre las dos posiciones –la que reconoce que en un país tan grande el dinero es necesario para un debate nacional, y la que se preocupa de las distorsiones políticas que causa el dinero.

Los juristas conservadores han empujado la primera posición con muchísimo éxito. Los que queremos una democracia sana tenemos que empujar la segunda con más.