Los niños migrantes y la desinformación

Para empezar, los gobiernos de México, Guatemala, Honduras y El Salvador podrían combatir la desinformación que rodea la migración indocumentada
Los niños migrantes y la desinformación
Mandatarios del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), en Punta Cana, (República Dominicana, en donde discuten el drama de los niños inmigrantes.
Foto: EFE

“Una mentira puede darle media vuelta al mundo mientras la verdad se pone los zapatos”. La frase de Mark Twain viene al caso de las razones por las que los niños migrantes indocumentados viajan a EE.UU.

Aquí hay verdades a medias que pintan un cuadro inexacto, pero que—de tanto ser repetidas—se vuelven verdades universales.

Ya la ex Secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, habló de la violencia que emana del combate al narcotráfico. Algunos funcionarios estadounidenses mencionaron las razones económicas para emigrar. Luego, muchos migrantes (más los menores de edad, que sus padres) dicen que emigraron por la violencia, aunque sus motivos fueron económicos, porque creen (por lo general, erróneamente) que esta respuesta les abre la puerta a una aplicación de asilo. No parece haber un consenso respecto a las causas.

La revelación de 47 mil menores de edad indocumentados, sorprendidos al ingresar a EE.UU. por cuenta propia entre octubre 2013 y mayo 2014, fue novedad para todos menos para ellos, sus familiares y los activistas que velan por ellos. El mundo se escandalizó hasta que se difundieron las imágenes de los menores de edad indocumentados en albergues temporales en Texas y Arizona. Pero el drama no está sólo en el hacinamiento de los niños y adolescentes tras cercas alambradas. El verdadero drama es que, a su corta edad, tuvieran tan pocas esperanzas en su país que decidieron exponerse a los peligros de emigrar sin documentos.

Un informe del Comité sobre Migración de la Conferencia de Obispos Católicos de los EE.UU., de noviembre de 2013, titulado “Viaje a Estados Unidos de Menores no Acompañados”, concluyó que “no hay respuestas simples” sino “una serie de factores interrelacionados”. Del informe resaltan varios datos. Una encuesta que hizo el Comité sobre Migración entre 140 menores de edad migrantes de México, Honduras, Guatemala y El Salvador, en 2011, reveló que el 74 por ciento de ellos emigró para reunirse con familiares o amigos en EE.UU. Entre ellos, cuatro de cada diez también quiso escapar de la violencia, y tres de cada diez quiso buscar trabajo para ayudar a sus familias. La conferencia episcopal estadounidense concluyó también que la emigración de la cabeza de familia, o hasta de ambos padres, deja a los niños “desprotegidos”.

Algunos analistas consideran que cuando el Senado de los EE.UU. aprobó la reforma migratoria en junio de 2013, algunos creyeron (erróneamente) que ellos o sus hijos podrían establecerse legalmente en ese país si emigraban ya. Luego, las dificultades que la reforma migratoria enfrentó en el último año y medio (en la Cámara de Representantes), y el temor de otros de no poder “mandar a traer” a sus hijos más adelante, quizá también disparó las cifras. En ambos casos, la desinformación fue determinante.

Pero el segundo caso coincidió con el mayor incremento en el número de menores retenidos en la frontera sur estadounidense: el promedio anual anterior al año fiscal 2011 había crecido en un 700 por ciento para mayo pasado.

Entre los meses de octubre y septiembre, de 2004 a 2011, la media de menores detenidos en la frontera estadounidense era de 6,800. La cifra saltó a 13 mil para septiembre 2012, y a 24 mil para el año siguiente. Ahora (según autoridades estadounidenses) está en 47 mil en lo que va del año fiscal 2014 (que inició en octubre 2013).

La pregunta del millón es si el incremento comenzó antes de 2011, pero las autoridades fueron más efectivas en ubicar a los menores de edad indocumentados desde ese año. Ya se sabe que la primera administración del presidente estadounidense Barack Obama (2008-2012) hizo más deportaciones a Centroamérica que las dos previas administraciones consecutivas de George W. Bush.

Mientras tanto, las soluciones permanecen inalcanzables en tanto los grandes tomadores de decisiones en los países que son origen y destino de la migración indocumentada no coincidan en las causas del problema.

No falta quienes sugieran una especie de “Marshall Plan” (como después de la Segunda Guerra Mundial) para ayudar a Centroamérica. Pero miles de millones de dólares en ayuda externa a la región han sido despilfarrados por falta de continuidad en los programas sociales y de seguridad, y por la falta de una visión a largo plazo.

Para empezar, los gobiernos de México, Guatemala, Honduras y El Salvador podrían combatir la desinformación que rodea la migración indocumentada—aun después de que el escándalo de los niños y adolescentes migrantes desaparezca de los titulares de prensa.

Además, deberían entender que han fracasado cuando niños o adolescentes se rifan la vida para llegar a EE.UU., porque creen que no tienen futuro en su país. Mejor no lo pudo haber dicho una hondureña de 14 años cuando la deportaron: “mis sueños se vinieron abajo”. La evidencia de que los gobiernos de estos países han ignorado ese síntoma de fracaso está en el hacinamiento de niños migrantes indocumentados en los albergues en EE.UU. Y nada ni nadie debería ocultar o tergiversar esta triste verdad.