El chico murió en el desierto

@jorgeramosnews

Encontraron el cadáver del niño Gilberto Ramos con un rosario blanco. Es el que le había dado su mamá al salir de San José de Las Flores, una población pobre y montañosa al norte de Guatemala. Murió de hambre y sed en el desierto de Texas. Tenía solo 15 años.

Gilberto estaba cansado de ser pobre y de no tener dinero para las medicinas que necesita su mamá, Cipriana Juárez, para controlar sus ataques epilépticos. La familia juntó casi $3,000 para pagarle al ‘coyote’ y así Gilberto llegó a la ciudad fronteriza de Reynosa. Desde ahí, del lado mexicano, hizo su última llamada a su papá antes de cruzar.

Su cuerpo estaba sin camisa –quienes sufren deshidratación suelen quitarse la ropa antes de morir- y en su cinturón encontraron escrito un número de teléfono. Era de su hermano Esvin, quien hace 2 años hizo el mismo trayecto y hoy está en Chicago.

“Estaba esperando la llamada de él”, me dijo Esvin en entrevista. Pero “nunca pasó eso.” Quien le llamó, en cambio, fue una representante de la Patrulla Fronteriza avisándole que habían encontrado el cuerpo de su hermano.

“Yo le dije que estaba muy pequeño, que mejor se quedara otro rato más allá” en Guatemala, recordó Esvin, “y él me dijo que no, que no quería estar allá, estaba desesperado.”

La pobreza extrema lleva a muchos, como Gilberto y Esvin a intentar emigrar a Estados Unidos. Otros lo hacen por la violencia de las pandillas, como los hijos de la hondureña María (quien prefiere no dar su apellido).

María, quien vive en Miami, me enseñó el mensaje de texto que recibió de la Mara 18 de Tegucigalpa: “Te doy hasta mañana para que tengas $1,000 en tus manos y si no tu hijo o hija morirá”.

En lugar de darle el dinero a los pandilleros, María le pagó $7,000 a un ‘coyote’ para que llevara a su hijo Eduardo desde Tegucigalpa hasta Estados Unidos. “Mi hijo pasó la frontera como un menor no acompañado”, me dijo con lágrimas en los ojos. “Lo llevaron a Illinois. Me lo entregaron en dos semanas pero él está traumatizado.

Las amenazas de la pandilla, sin embargo, no se detuvieron. Zaira, la hija de María, recibió meses después el siguiente mensaje: “O depositas o vas a encontrar a tu hija, Yaritza, en una bolsa de basura”.

María, al saber lo que estaba pasando en Honduras, juntó $9,000 y mandó traer ilegalmente a su hija Zaira y a sus nietos. Los tres cruzaron caminando y se entregaron a las autoridades. No fueron deportados y ya están en Miami.

María ha podido salvar a un hijo y a una hija de las amenazas de las pandillas. Pero aún le quedan tres hijos en Honduras.

Estas historias demuestran claramente por qué más de 52,000 niños han huido

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