Rockaway muestra su garra

@JoaquinBotero

Sandy golpeó duro a Valentín Gutiérrez (50): perdió tres camionetas, el sótano de su gigantesca casa multifamiliar en la calle 113 y la quesería “Casablanca”, que resultó quemada en el incendio posterior a la tempestad. Gutiérrez quedó deprimido durante tres meses, pero dos años después dice que hoy se siente más fuerte que nunca.

“Me gusta invertir, ser agresivo frente a la adversidad”, dice este inmigrante mexicano, dueño de cuatro casas más en la ciudad, que llegó a los 18 años y es padre de dos hijas, una de ellas graduada de la Universidad de Pensilvania. Ahora tiene un negocio de frutas y vegetales en la calle 116.

“La ciudad ayudó poco y lo de los seguros se quedó corto. Yo recibí $50,000 por la quesería, pero reabrirla me hubiera costado $200,000. Mi seguro no cubría tanto. Nunca pensamos que pasaría una cosa así”, dice el hombre.

El argentino Daniel Bartha (58) vive con su esposa en la calle 122, a una cuadra del mar y a dos de la bahía de Jamaica, el otro espejo de agua que rodea a la península de Rockaway, una estrecha franja de tierra que parece condenada por la geografía a sufrir el embate de las furiosas olas.

Como el resto de sus vecinos, los Bartha sufrieron gastos cuantiosos por Sandy. La ayuda federal máxima —otorgada a través de FEMA— fue de $27,000 para reparaciones del hogar y pérdida de vehículos, más otros $3,000 para rentar un lugar por un par de meses, mientras duraran las tareas de reconstrucción. “Estuvimos sin luz ni teléfono por 40 días”, dice Bartha, que está muy agradecido por la ayuda recibida, pero que señala que tuvo que gastar más que lo que le reembolsaron. “Quedan algunas reparaciones pendientes —cortar dos árboles, cambiar nueva puerta de entrada— que no son ni urgentes ni esenciales, pero que son caras”.

Como muchos otros residentes, los Bartha capearon Sandy en los pisos superiores de sus casas. Fue una experiencia dramática. “Fue terrible ver el agua venir hacia nosotros e inundar la casa y ver los incendios alrededor”, dice el boricua Eddie Sánchez (25), que había empezado a trabajar en el hogar de ancianos Beacon, en la calle 113, tres meses antes de la tormenta. “Al día siguiente caminé hasta el apartamento donde vivo con mis padres y recuerdo la dificultad de abrirme paso por el fango, y también los saqueos”.

Sánchez todavía vive con sus padres en la calle 100. “Siento que muchas cosas han sido arregladas, que FEMA le respondió a la gente por sus vehículos, muebles y electrodomésticos, pero lamento que todavía no esté el malecón que es por lo que somos conocidos”, agrega.

“Esto no se puede terminar en dos años; el trabajo de las dunas y el boardwalk avanza según lo presupuestado”, dijo Louis Campbell, uno de los obreros que encontramos en la playa.

Cuando uno se aproxima a la orilla, percibe claramente los montículos de arena que se espera protejan al barrio en un futuro si sube la marea

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Después de Sandy, el guatemalteco Edgar Cifuentes (42) abrió The King of Tacos en el lugar en que antes había estado el restaurante salvadoreño La Joya de Cerén. Arrendó a buen precio, pero debió invertir $180,000 en la readecuación, mucho más de lo que esperaba. Gastó sus ahorros y solicitó préstamos.

El primer año fue muy malo y Cifuentes se arrepintió de haber metido en semejando empresa. El reciente verano mejoró un poco y ahora el empresario ve una luz de esperanza. El suyo es el único restaurante típico mexicano de esta parte de Rockaway. “Es complicado porque la gente de sectores más adinerados de la 120 a la 150 y hasta Breezy Point, a veces no quiere venir por acá. Además la Ciudad me carga mucho con impuestos. Espero aguantar hasta el próximo verano y que las cosas despeguen finalmente”, dice.

“Lo que me preocupa es que mucha gente cree que esto no se ha rehabilitado. Rockaway está más que lista para recibir visitantes”