window._taboola = window._taboola || []; var taboola_id = 'mycodeimpremedia-network'; _taboola.push({article:'auto'}); !function (e, f, u, i) { if (!document.getElementById(i)){ e.async = 1; e.src = u; e.id = i; f.parentNode.insertBefore(e, f); } }(document.createElement('script'), document.getElementsByTagName('script')[0], '//cdn.taboola.com/libtrc/'+ taboola_id +'/loader.js', 'tb_loader_script'); if(window.performance && typeof window.performance.mark == 'function') {window.performance.mark('tbl_ic');}

¡La venenosa lengua masculina!

Los hombres son chismosos, si, ustedes, caballeros

Lo que me dí cuenta en poco tiempo es que Carlos le contaba a todos lo que hacía.

Lo que me dí cuenta en poco tiempo es que Carlos le contaba a todos lo que hacía. Crédito: Morguefile

Toda la vida crecemos, escuchamos y pareciera que estamos programadas a pensar: “mujeres: el chisme les pertenece” o “por el sólo hecho de ser mujer, eres chismosa”.

Quien me diga que escuchar un buen chisme no es divertido, lo felicito, y le cuento que tiene su puesto ganado en el cielo. Pero bueno, el punto aquí, son los caballeros, y aunque lo acepten o no, a ustedes les gusta el chisme más o igual que a nosotras, las damas.

Hace un tiempo, conocí a Carlos. A primera vista, era el “Don Juan” algo tenía, que a pesar de no ser muy guapo físicamente, parecía un imán para ciertas mujeres. La compañía femenina nunca le faltaba. Uno de los problemas de este “Casanova” era que tenía una lengua digamos muy larga, suelta, y señores, por la boca muere el pez.

Carlitos compartía todas sus experiencias románticas, fuesen verdad o no, con todo el grupo de amigos, que eran mayormente hombres. A mi, me contaba sus hazañas de los fines de semana y aunque yo no le creyera mucho que en dos días había ido y vuelto de Hawaii a Los Ángeles, lo escuchaba.

Lo que me dí cuenta en poco tiempo es que Carlos le contaba a todos lo que hacía. No sólo eso, los chicos eran felices escuchando el chisme y después se iban a conversar, a comparar las versiones de la historia que les había contado a cada uno; a chismear acerca de la vida de este personaje. Me empecé a dar cuenta como las conversaciones con estos amigos nunca eran de la vida de ellos, sino de la vida de los demás. Por algo era que yo me sentía tan cómoda siendo la única mujer en ese grupo de amigos.

Creo que a todas las mujeres nos pasa. Nos quejamos que nuestros novios, esposos, o hasta padres no nos escuchan cuando les estamos contando que tan lindas nos quedaron las uñas, pero dígale señora a su marido esta noche: “mi amor, no te imaginas cuál es el nuevo romance en mi oficina”. Y les juro que las orejitas de su marido estarán tan pendientes como las de un gatito buscando a un ratón a la media noche.

Mi madre, la mujer mas sabia y menos chismosa que conozco, siempre se rie contándome como a mi papá, un hombre serio, respetuoso, le encanta escuchar los chismesitos que ella le cuenta cada vez que llama a su familia.

Un buen chisme es como una bolsita de palomitas de maíz recién saliditas del horno microondas. Todos quieren meter la mano, ensuciarse de la mantequilla y todos se creen el mito que las palomitas son buenas para la dieta.

A los hombres les encanta el chisme más que a las mujeres. ¿Alguna vez te has puesto a escuchar las conversaciones de los hombres en las cafeterías de las oficinas? Eso si, me toca darles crédito porque lo disimulan muy bien y porque lo niegan tal y como niegan a una amante. Ni porque los sorprendas con la palabra en la boca, te admitirán que son tan chisimosos como tú y como yo.

Sólo para castigarlos, dile a tu pareja. Mi amor, te contaría con quien vi a la vecina esta mañana, pero como se que no te gustan los chismes, mejor no te cuento.

Suerte, amiga.

Carolina Sarassa

@CarolinaSarassa

www.CarolinaSarassa.com

Contenido Patrocinado