Ferguson: Ni justicia ni paz

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Ferguson: Ni justicia ni paz
El joven de 18 años Michael Brown murió en un incidente con la policía
Foto: Archivo

@cristianafarias

De todas las funciones de un fiscal, la menos trascendental es acusar a alguien de un delito.

Sol Wachtler, el otrora juez y ex-presidente del máximo tribunal de Nueva York, dijo en una ocasión que un fiscal podía acusar y procesar a un “sándwich de jamón” si así lo quisiera. Es así de simple el proceso.

Nada de esto ocurrió en Ferguson, Missouri.

Robert McCulloch, el fiscal a cargo de procesar a Darren Wilson, el policía que baleó a Michael Brown el verano pasado, hizo lo imposible para que no fuese acusado formalmente por la muerte del joven afroamericano. El lunes, el jurado indagatorio se negó a emitir cargos en contra de Wilson.

Desde un principio se temió que McCulloch arreglaría el caso a su medida. Cuando el fiscal tenía doce años, su padre, policía de profesión, murió en el cumplimiento del deber producto de un altercado armado con un afroamericano. Desde ese entonces, McCulloch se entregó a la protección del orden público.

McCulloch trató a Wilson como a ninguno de los miles de sospechosos que ha investigado desde que juró como fiscal en 1991.

En un caso cualquiera, la obtención de cargos es pan comido. Sólo basta con presentar uno o dos testigos. Quizás alguna prueba física. O una confesión firmada. Lo suficiente para convencer al jurado que existe “causa probable” de un ilícito.

Pero a diferencia de los jurados que se ven por televisión, el jurado indagatorio está a la merced del fiscal, quien actúa como juez y parte del proceso. No lo supervisa un magistrado. No hay abogado defensor que se le oponga. Las audiencias son secretas. El fiscal puede hasta omitir información que favorezca al acusado. El acusador tiene todas las de ganar.

Pero en el caso de Wilson, el acusador fue dócil con el acusado. Tan dócil, que hasta le permitió que diera su versión de los hechos, en la cual se refirió al joven Brown como a “un demonio”. La presentación de pruebas, incluyendo el testimonio de Wilson, duró 25 días. Declararon 60 testigos. Se excusaron errores, como la filtración de información a la prensa.

En fin, el proceso estaba viciado; fue un montaje con pinta de legalidad. Cuando se informó que Wilson no enfrentaría cargos por la muerte de Brown, fue un desenlace que ya muchos divisaban a leguas.

Esa misma noche, Ferguson ardió. Por más de tres meses, sus habitantes clamaron “No justice no peace” . . . “sin justicia no hay paz”. Y al enterarse de cómo un fiscal no fue capaz de hacer la tarea más simple —formular cargos por la muerte de uno de los suyos—, la ausencia de justicia dio paso a la ausencia de paz.

Mientras siga la impunidad policial, Ferguson seguirá ardiendo