Todos somos iguales ante los ojos de Dios

Guía de Regalos

Hace tiempo ya, le pregunté a un niño que deseaba ser cuando “creciera” y me dijo policía o bombero. Es que hubo una época donde todo adolescente quería ser policía, varias décadas después los niños no quieren ser policías y las madres no quieren que ellos sean uniformados.

La institución policial se ha vuelto tan temible, obsesiva y muchas veces irracional que ya nadie quiere ser policía ni jugar con juguetes policiales.

Han olvidado la cortesía, profesionalismo y responsabilidad con la comunidad y en vez de cuidar a la ciudadanía, se han convertido en un terror tan grande que muchos prefieren llamar primero al diablo que a un policía en un momento de dificultad.

Ese concepto sobre la policía es terrible porque se está perdiendo la confianza con la institución del orden público y los niños que antes los admiraban, ahora les temen.

Recuerdo que en los tiempos cuando los niños querían ser policías, eran bien amables y no abusaban de su autoridad, ahora hasta preguntarle una simple dirección cuesta trabajo. Y esto es horrible.

Perder la confianza en aquellos que tienen el deber de protegernos es alarmante. Y es que los policías también son seres humanos con virtudes y debilidades, pero muchas veces lo olvidan, reaccionando en manadas y usando la fuerza bruta, arrojando graves consecuencias.

Debemos pues, civiles y uniformados, entender que somos iguales ante los ojos divinos de Dios, que un arma de fuego no debe ser motivo de hacernos superiores a otros ni más vulnerables.

Esta reflexión de principio de año es a raíz de los últimos hechos sucedidos en días recientes, previos al fin de año, donde la uniformada vivió en carne propia el dolor, lágrimas, impotencia, injusticia de un desalmado que se creyó con derecho a segar la vida de dos de sus miembros, por sólo tener un arma de fuego.

La policía sufrió al igual que muchos otros inocentes, hijos y familiares de civiles caídos a manos de la uniformada, saboreando el dolor de la injusticia y el abuso.

Un asesinato no tiene justificación, sin importar de donde venga, porque nadie tiene derecho a privar a una persona de la vida. En este año que se inicia, abogamos por una mayor compresión y entendimiento entre la fuerza del orden público y la ciudadanía.

Como seres razonables sentimos y padecemos, pero sobre todo, unos y otros tenemos familias que sufren y padecen una pérdida, sea civil o militar.

Quisiera que en este 2015 que se inicia, los niños deseen nuevamente ser policías y que ellos, que son el futuro, se encarguen de proteger a sus semejantes con responsabilidad, profesionalismo y cortesía