El Vals del segundo

Así que aprovechemos que este año, el día 30 de junio, será un segundo más largo
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El Vals del segundo
Si las matemáticas, como los papas, no se equivocan, en vez de 86,400 segundos, ese día tendrá 86,401.
Foto: Shutterstock

Nadie se muere la víspera, ni siquiera en el segundo que ya pasó, pero nadie nos puede garantizar que estaremos vivos en el que viene. Pones un punto aparte y ya no existes. Un estornudo puede ser lo último ruidoso que hagas en vida.

Si no existiera el segundo, se acabaría el flechazo o amor a primera vista que ha casado más parejas que todos los curas y notarios juntos.

Un segundo se enamoró perdidamente de una gota que conoció en una clepsidra. Se casaron y fueron felices.

Un retraso de un segundo en la novia ex virgen puede terminar en el altar. O a balazos, si el novio decide no incurrir en el santo “mártirmonio”.

Las anteriores son apenas muestras mínimas pero contundentes de la importancia del segundo. Así que aprovechemos que este año, el 30 de junio, será un segundo más largo.

Sabiéndolo a tiempo podemos programar cómo vivirlo. Favor no gastarlo otro día. Podría despistar el azar que nos rige.

Si las matemáticas, como los papas, no se equivocan, en vez de 86,400 segundos, ese día tendrá 86,401. Ese segundo de más se aprovechará para ajustar los relojes atómicos que a su vez están con el reloj cucú del universo.

Exagerando, Junio será bisiesto por un segundo. Esta circunstancia le da cierto tufillo a febrero que debe esperar cuatro años para ser bisiesto. El próximo será en 2016.

El mar es un mundo de gotas tomadas de la mano. Los segundos, arrejuntados, forman el tiempo que cuelga en almanaques de las paredes como si fueran coquetos cucos que se secan al sol.

Nunca decimos: “Deme una hora”, sino: “Deme un segundo”. Y nos perdemos un semestre.

¿Cuántos metros caben en un segundo? Diez, los que recorre el jamaiquino Bolt, plusmarquista mundial de los cien metros.

Los veloces potros del poeta colombiano José Eustasio Rivera le toman un segundo de ventaja al viento: por eso al final del famoso soneto se detienen a esperarlo.

Ni al peor amigo ni al mejor enemigo le deseo que le caiga en el dedo gordo del pie un segundo del Big Ben londinense. Pesa trece toneladas.

No se necesita más de un segundo para que algunos presidentes accionen un botón y volaremos en átomos. Y Dios habrá perdido el tiempo fabricando estrellas (gracias Víctor Hugo por la metáfora).

El segundo se hace propaganda todo el tiempo. En eso se copió de la gallina que pone el huevo y arma el alboroto. El ave de avaro vuelo es la jefe de relaciones públicas de sí misma. Sin confirmar sí lo digo: Las gallinas inventaron la vanidad.

Nada más democrático que el segundo: dura lo mismo en el reloj de Bill Gates que en el del mendigo… que mira la hora en el reloj de su fugaz mecenas. La ironía radica en que el reloj nunca sabe que da la hora.

Ojalá santa Tecla, patrona de internet, esté de nuestro lado para que no colapse el sistema que necesita menos de un segundo para caerse. Ahí sería Troya.

Celebremos ese segundo extra, por fuera del libreto, escuchando El vals del segundo, de Les Luthiers